Nació en el seno de una familia numerosa de granjeros japoneses que se habían establecido en California. Esa infancia libre y rural fue también el terreno abonado para su despertar artístico, siempre alentado por sus padres. “Descubrió a Norman Rockwell y dibujó estrellas infantiles de la década de 1930. En octavo grado, Ruth ganó un premio por su diseño de un cartel patriótico de la Estatua de la Libertad contra un fondo rojo”, relata Marilyn Chase en su biografía sobre la artista. Con solo diez años, Asawa ya estaba segura de su vocación.
La artista guardó un recuerdo indeleble de los paseos en carro por la granja, cuando arrastraba los pies y trazaba garabatos en la tierra con los dedos, tejiendo un rastro de líneas curvas entre las huellas de las ruedas. Unas formas que resurgirían más tarde en las ondulaciones de sus esculturas de alambre que tanto fascinan por sus formas orgánicas y elegantes. Otro hábito que la acompañó toda la vida fue el de crear belleza a partir de materiales descartados, un subproducto de la escasez. Se deleitaba con los objetos encontrados, reciclando la basura y convirtiéndola en algo valioso.
En sus diarios, Asawa también rememoraba cómo, el 7 de diciembre de 1941, tras el ataque de Japón a Estados Unidos, su padre se dedicó a quemar cualquier objeto familiar que pudiera vincularles con su pasado japonés, esperando que así fueran perdonados por su origen. Sin embargo, no fue así, y Ruth Asawa y su familia terminaron en un campo de concentración para ciudadanos estadounidenses de origen nipón. A pesar de esta discriminación, en 1946 pudo asistir al Black Mountain College, un lugar clave donde conoció el trabajo de artistas como Anni y Josef Albers, quien se convertiría en su mentor, y a su futuro marido, el arquitecto Albert Lanier. De esta época, la exposición permite observar algunos de sus primeros trabajos tanto con alambre como en pintura.
Pero, fue a partir de 1949, tras su llegada a San Francisco, cuando Asawa comenzó a explorar las posibilidades creativas que la harían famosa. Allí, dio con una idea aparentemente sencilla pero revolucionaria: incluir formas dentro de otras. La artista describía este proceso como la creación de “una forma que está dentro y fuera al mismo tiempo”. En sus manos, un único lóbulo de alambre podía albergar una secuencia de esferas contenidas unas dentro de otras, generando una superficie ininterrumpida que desafiaba la lógica escultórica convencional. Así nacieron piezas icónicas como Sin título (S. 427, Forma Continua Colgante de un solo lóbulo y cinco capas dentro de otra forma), de 1953, donde la mirada se pierde en un juego infinito de llenos y vacíos. La continuidad se convirtió en el eje vertebrador de su trabajo, una obsesión que desarrollaría durante décadas y que hoy constituye uno de los platos fuertes de la exposición. “Se puede mostrar el interior y el exterior, y el interior y el exterior están conectados”, afirmaba, “todo está conectado, es continuo”.

Más historias
Adiós, tank-top: la camiseta blanca absoluta del verano 2026 es de manga larga
Neceser de verano: los productos imprescindibles de la redacción de ‘Vogue’ España
Con ‘Confessions II’, Madonna rebobina su historia para regalarnos la euforia ‘dance’ que llevábamos veinte años esperando