03/07/2026

Con ‘Confessions II’, Madonna rebobina su historia para regalarnos la euforia ‘dance’ que llevábamos veinte años esperando

Una danza de liberación

Más que al europop y al dance en estado puro, este álbum vuelve a las raíces que dieron forma a la propia Madonna, con una mezcla de Chicago house y Detroit tecno, sin olvidar géneros tan dispares como el nu disco, el French touch y el EDM. Sobre todo, las ocho primeras canciones del álbum constituyen una apertura eufórica y desenfrenada, en la que se desafían las convenciones y las rigidez en busca de una liberación tanto física como espiritual en la pista de baile. Este es el sentido de temas como One Step Away y Love Sensation, embriagadores manifiestos de amor, comunión, emancipación y frenesí. El eclecticismo de los sonidos latinos de Read My Lips, con el rapero colombiano Feid, y del obsesivo bajo de Everything impulsan este acto liberador en muchas direcciones diferentes, unidas sin embargo en el horizonte por una temática introspectiva, sublimemente condensada en Good for the Soul, una creación disco espiritual que resume el alma profunda de este último disco. En el fondo, es como si el primer Confessions hubiera tenido un hijo secreto con Ray of Light.

Si pensamos en los últimos años de Madonna, transcurridos entre la gira Celebration Tour –con un recopilatorio de sus éxitos de los últimos cuarenta años– y el accidentado trabajo en su biopic (que probablemente acabará convirtiéndose en una serie de Netflix), no sorprende que la artista haya abrazado finalmente su pasado. Lo hace también en uno de los temas más destacados del álbum, Danceteria, un híbrido muy bien equilibrado e ingenioso entre el house y el spoken word en el que la cantante evoca la discoteca neoyorquina en la que dio sus primeros pasos, recordando cómo allí se pinchó su tema debut Everybody (intercalado a modo de cita directa: “Then I see Mark Kamins is the DJ / He’s the DJ, hide the cocaine / He played my tape, ‘Everybody’”) y de todos los personajes que frecuentaban el local –sus amigos Martin Burgoyne y Debi Mazar, artistas como Basquiat, Keith Haring, el galerista Tony Shafrazi, músicos como Nile Rodgers y David Byrne…–, mencionados en un name dropping que es el heredero ideal de su Vogue de 1990. Y, por amor a las referencias, también hay una melodía inspirada en Walk on the Wild Side de Lou Reed.

Pero aquí no solo hay nostalgia. Basta con escuchar Bizarre, colaboración con el DJ superestrella Martin Garrix para darse cuenta de que sigue siendo capaz de crear éxitos plenamente actuales. Y aunque por una vez Madonna se permita recorrer, a nivel sonoro, territorios que le resultan muy familiares y que se remontan a un pasado bastante lejano, Confessions II sigue resultando actual, por un lado, por su obsesivo cuidado en la producción –lo que lo convierte en un producto transversal y atemporal– y, por otro, por una especie de urgencia simbólica: las distintas canciones están, de hecho, conectadas también por minimonólogos que reiteran el papel fundamental que tiene hoy en día bailar todos juntos y reunirse en la pista de baile, en un mundo aislado y cristalizado por las pantallas de los smartphones. “It’s dangerous with just one person / And that’s not a nice feeling / But out here, on the dance floor / I feel so free, I can’t explain”, dice al principio de I Feel So Free, concepto que se retoma más tarde en One Step Away: “People think that dance music is superficial / But they’ve got it all wrong / The dance floor is not just a place, it’s a threshold / A ritualistic space where movement replaces language”. La música dance es presentada como nexo social y reivindicación del impulso colectivo, de la reconexión carnal y espiritual.

La urgencia del presente

De alguna manera, es engañoso pensar que Confessions II es una simple secuela de Confessions On The Dance Floor: el género y la estética son similares, al igual que la necesidad de refugiarse en un género tan dinámico y salvador, así como en el desarrollo confesional, que se abre con éxitos desenfrenados y se cierra con temas más introspectivos y sutilmente biográficos En particular, Fragile, dedicada a la muerte de su hermano Christopher; Betrayal, coproducida por Mirwais y basada en la composición para piano Gnossienne n.º 1 de Erik Satie, dirigida a sus antiguos amantes y quizá a la madrastra que tanto la maltrató; pero sobre todo The Test , escrita e interpretada junto a su hija Lourdes Leon, a quien pide perdón por los malentendidos del pasado: «I tried to put you on a pedestal / You didn’t ask for all the flashing lights»). Pero no estamos ante un segundo capítulo puro y simple, ni ante una duplicación o continuación, sino más bien ante la necesidad de actualizar esas cuestiones y transmitir nuevos mensajes a través del ambiente ritual y filosófico de la pista de baile.

«Je n’étais pas perdue / Je t’ai juste cassée», canta Madonna en la canción My Sins are my Saviours, en la que también aparece la voz, siempre en francés, de Stromae. En estos últimos años, muchos parecían lamentarse de haber perdido a la Madonna que habían aprendido a amar; ya no reconocían al icono incansable, perfeccionista y vanguardista, a menudo eclipsado por las habituales polémicas sobre el edadismo y la provocación excesiva. Pero la mayor provocación de la señora Ciccone probablemente siempre ha sido la de no renunciar nunca a sí misma. Y esta vez, abrazando plenamente su pasado y reafirmando su voluntad de impregnar el presente con su influencia y sus mensajes, nos ha regalado una obra significativa e irresistible. Poco importa si Confessions II de Madonna es mejor o peor que el primero, si es o no su secuela perfecta. Lo que importa es que es arrollador, fulminante, embriagador, un derroche de referencias y riqueza sonora, una fiesta abarrotada para escuchar y para bailar. En definitiva, su mejor trabajo de los últimos veinte años (por mucho que se quejen los pesimistas). Y lo que importa aún más es que este disco haya vuelto a situar en el centro de la conversación a la artista que, antes y mejor que nadie, nos liberó haciéndonos bailar.

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