30/06/2026

Rosalía bendice Madrid y consagra su ‘LUX TOUR’ como un espectáculo musical sin precedentes

Fue escuchar Angel de Jimi Hendrix, una de las canciones que suenan por los altavoces antes de que empiece el show, para darme cuenta de dónde estaba exactamente. No habían sido suficientes las pañoletas de encaje y algodón que me acompañaron a las afueras del recinto, ni la espera en la cola del stand de merchandising mientras intentaba conseguir una camiseta de recuerdo, ni tampoco la marea de looks en blanco inmaculado que observaba desde las gradas superiores mientras sonaba el Gloria In Excelsis Deo de Vivaldi. Fue entonces, unos veinte minutos después de la hora de inicio prevista, cuando empecé a mentalizarme de que estaba a punto de sumergirme dentro del universo LUX de Rosalía.

Los lienzos que encierran la parte principal del escenario se abrieron despacio y, sobre la tarima de madera, apareció un embalaje, de esos que se emplean para transportar obras de arte con sumo cuidado. Como una bailarina suspendida dando vueltas en una cajita de música, la artista dejó caer su primer chorro de voz en el micrófono. “¿Quién pudiera vivir entre los dos?”, cantó, anticipando con ese verso exactamente lo mismo que se siente en su concierto: una sensación de habitar entre lo terrenal y lo celestial, aunque tan solo sea por un rato. A su alrededor, una decena de bailarines, una suerte de teleprónter que chiva las letras a la multitud y dos pantallas laterales que lo transmiten todo con realización cinematográfica nos dieron la bienvenida al son de Sexo, Violencia y Llantas y Reliquia.

Le siguieron Porcelana con delicados pasos de ballet, y Divinize, que culminó en una fusión con Thank You de Dido. Todo ello sostenido por la maestría musical de la Heritage Orchestra que eleva este LUX TOUR y la dirección de la cubana Yudania Gómez Heredia, las cuales logran juntas que cada acorde resuene dentro del cuerpo durante las casi dos horas de duración. Porque escuchar el álbum en digital es una delicia; hacerlo en formato físico es añadirle un par de terrones de azúcar a la mezcla; pero vivirlo en directo te hace, directamente, levitar. Y uno de los momentos más sobrecogedores llegó justo a ese punto, con Mio Cristo Piange Diamanti, para la que la de Sant Esteve Sesrovires se convirtió una noche más en una virgen de ojos vidriosos, velo largo y corazón ardiente.

El segundo acto arrancó con la siempre apabullante Berghain. Todo el mundo se puso en pie mientras Rosalía emergía como una figura cabría, acompañada por su elenco en este hechizo que remite de manera visual a El aquelarre de Goya. Era la pieza perfecta para casar LUX con MOTOMAMI, dos universos aparentemente lejanos que encontraron un punto de contacto en SAOKO, LA FAMA y LA COMBI VERSACE, ahora reinterpretadas en clave orquestal. Por su parte, De Madrugá se encargó de escribir el punto final para este capítulo, así como de subrayar el único rastro (o más bien, la marcada ausencia) de El Mal Querer con su coreografía original.

Los Ángeles, sin embargo, sí que tuvo su momento de gloria con la magnífica El redentor; una elección más que a tono dadas las fechas en las que estamos y que, a su vez, puso en evidencia su progreso. «Yo venía a cantar a Casa Patas y sentí ahí el duende como en ningún otro lugar”, dijo durante su primera intervención, en la que aprovechó para reflexionar sobre sus orígenes y trazar una línea temporal entre aquellos conciertos de flamenco en dicho establecimiento y los cuatro Movistar Arena que ahora cuelgan el cartel de sold-out.

Ver fuente