Sirven de espejo, sí, pero no nos explican: una historia de posesión refleja el miedo a perder el control; las casas encantadas suelen albergar duelos y dinámicas familiares tóxicas… pero lo bueno es que no hace falta que cada trauma dé lugar a un intenso monólogo. El género siempre ha entendido que para disfrutar de la magia, no hay que revelar el truco. Además, siempre nos queda el alivio de que, al contrario que en la vida real, la pesadilla termina con los títulos de crédito.
El éxito de taquilla de películas de terror recientes como Obsession, Sinners, Backrooms y Weapons sugiere que nos encanta que nos hagan vibrar, que desaten en nosotros una fuerte respuesta emocional en un momento en que gran parte del entretenimiento se ha vuelto pasivo. En estos tiempos de sobreestimulación, vemos películas consultando el móvil, respondemos mensajes en medio de nuestra serie favorita y consumimos clips virales sin saber de donde salen. El terror castiga esa distancia, exigiendo atención en todo momento porque, ya sea un ruido en el pasillo o una bombilla que parpadea, cada elemento importa y contribuye al todo.
En una sala de cine abarrotada, las películas de terror se convierten en una de las formas más puras y transversales de entretenimiento colectivo. El público no necesita dominar diez años de mitología ni ponerse de acuerdo sobre la cronología de una franquicia. Solo hay que sentarse en la oscuridad y reaccionar. Un grito provocado por un susto repentino se convierte, contra todo pronóstico, en una forma muy eficaz de unir a la gente.

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