Resulta curioso que una autora que todavía no ha llegado a los 30 (lo hará en agosto) escriba con tal maestría sobre un internet que casi parece una reliquia. Aquel lugar de pantallas sin ninguna floritura en la que los chats y foros se desplegaban en una sucesión de frases escritas a modo de diálogo y nada más. Un internet de hace treinta años, pero uno seguro para los monstruos que se reúnen al anochecer, sin fotos de perfil y en el absoluto anonimato. “No lo recuerdo, claro, pero lo que sí es la irrupción de Messenger”, rememora la autora. “Era muy pequeña, preadolescente, pero sí me acuerdo de aquella especie de autoaislamiento que te otorgaba esa interfaz distinta a la del día a día que yo veía yendo al colegio. Podía compartir mi soledad con la de otro al que no le veía el rostro, pero de pronto teníamos deseos, ambiciones o expectativas en común. Todo eso se amplificó para mí todavía más con Fotolog y las primeras redes sociales. Ahí podías erguir identitariamente una estética o una personalidad”, razona. “Con las redes sociales variaba cómo tú te relacionabas públicamente con el resto. Con la llegada de Twitter hice muchos amigos digitales en diferentes lugares del mundo. Ahí se generó un vínculo estrecho, pero a su vez extraño; no los tenías delante. Da la sensación de que en internet se puede compartir una intimidad; sin embargo, eso es algo completamente distorsionado”.
Se adivina El valle del silicio como una novela con un profundo trabajo de investigación detrás. “En 2018 escribí una historia sobre una mujer que se enamora de un personaje que encuentra en internet, pero se quedó ahí. En Berlín di en una tienda de segunda mano con un libro de Kate Crawford sobre la IA y me fascinó esa concepción geológica sobre ella. Hunde sus raíces en servidores que están bajo tierra”, comparte Carla Nyman. “Ha habido un proceso de investigación paralelo. He hecho muchas lecturas de ensayo, siempre en relación con el platonismo, el tecnomisticismo o los testimonios de Hal Finney [padre de las criptomonedas]. En realidad, el proceso ha sido trepidante. Ha durado un año”, continúa. “He tenido que simultanear la escritura con otros trabajos y resulta muy complicado. Se construye una relación casi matrimonial con ella y es realmente difícil porque construir una novela supone tener una líbido muy orientada hacia esa historia. Tienes que estar en un enamoramiento permanente mientras trabajas en tropecientas cosas”.
Se habla de esta obra como una de ciencia-ficción, pero también se lee como una escalofriante historia de terror. “Pablo Baleriola, que es uno de mis mejores amigos, me presentó junto a Berta en Madrid, y me dijo que a él esto le parecía una novela de fantasmas. Yo no lo había pensado así, pero es cierto”, concede. “La protagonista está completamente aislada, en un movimiento autoimpuesto por ella y por el propio contexto. Trabaja en modo freelance para una editorial, siempre encerrada en casa, no tiene amigos, no tiene familia como quien dice. Tampoco tiene pareja, la que estaba la abandona de pronto. Su única amiga es una compañera de trabajo a la que ve de vez en cuando. Todo se va tiñendo de fantasmas que resultan en esas ausencias que rodean a la protagonista”.

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