El retrato de una generación de trabajadoras
“Las hijas de Domingo empezaban a verse como trabajadoras”, escribe Laura Sanz Corada en una de las citas más potentes del libro. Domingo es su abuelo, quien, siguiendo el hábito que se repetía en muchas otras familias de Aguilar, en 1973 firmó una autorización para que su hija, la madre de Laura, que entonces tenía 14 años, comenzara a trabajar en la fábrica de Fontaneda. Explica con el ejemplo familiar cómo una generación de mujeres que alcanzó la edad adulta durante la transición adquirió, mediante el trabajo en fábricas, tanto una singular emancipación económica (vedada antes para las mujeres) como una conciencia obrera. “En plena adolescencia, con todo lo que eso conlleva, estaban viviendo cambios vitales e históricos, pero dentro de una fábrica, trabajando más de 8 horas diarias, relacionándose con amistades nuevas, amores, con una autonomía salarial insólita. A día de hoy esto no existe con 14 años. Cuando alcanzan la mayoría de edad, muchas de ellas se pueden comprar un piso y tienen carné de conducir”.
Reconocerse como trabajadoras les permitió valorar la necesidad de implicarse en la lucha por sus derechos laborales. El de las galleteras de Aguilar fue un colectivo especialmente activo en estas reivindicaciones. En el libro, Sanz Corada cuenta cómo el movimiento sindical prendió entre las trabajadoras forzando grandes progresos, como la equiparación salarial con los hombres en 1994. “Ellas siempre se sintieron muy reconocidas dentro del comité, estaban en puestos muy de primera o segunda posición para las elecciones”, explica, dando cuenta de un cambio histórico en una generación que reconocía como suyo el espacio de la fábrica por encima del hogar. “En las entrevistas con las galleteras, ellas traían constantemente el recuerdo de la primera mujer de la fábrica que se casó y decidió quedarse trabajando. Incluso el director de la fábrica entonces, que ellas recuerdan como muy machista, la llamó para felicitarla. A partir de ahí se sentó un precedente que seguramente ayudó a muchas a hacer lo mismo. Me he dado cuenta de que el libro relata un cambio de época”.
La memoria de las movilizaciones descritas en el libro, especialmente la de 1996 ante el despido de más de un centenar de trabajadores, en su mayoría mujeres vinculadas a la lucha sindical, aviva preguntas sobre nuestra conciencia obrera contemporánea. ¿Estamos más desmovilizadas que antes? La autora se inclina por el sí, y apunta directamente al fenómeno del desclasamiento. “Hay un ascenso social. Podemos pensarlo y podemos debatirlo. ¿Qué tipo de ascenso social? Viajar fuera para estudiar, trabajar en un oficina o como freelance, con un ordenador, ¿no? Parece que por el hecho de trabajar con el ordenador ya no es una fábrica. Ojo, el trabajo es mucho menos duro a nivel físico, por supuesto, pero en términos materiales mi madre tenía un salario fijo, una jornada fija, fue independiente desde muy jovencita. El tipo de precarización que yo he podido vivir en mis trabajos creo que ha generado también esa desmovilización, incluso siendo hija de galletera y habiendo heredado todos esos ideales y todos esos valores”.

Más historias
Atelier Pottery tiene las joyas de cerámica perfectas para la Feria de Sevilla (y más allá)
Ni melatonina, ni yoga: el ejercicio para estimular el nervio vago que me ayuda a dormirme cuando me desvelo
Este láser facial es el dispositivo más deseado para transformar completamente la piel