“La respiración influye muchísimo más de lo que se piensa y, en este caso, tiene mucho que ver”, me contaba Diego Serra, osteópata estructural, craneal y visceral, cuando acudí a él en busca de soluciones a mis dolores recurrentes en la parte alta de la espalda. Sinceramente, su respuesta me pilló por sorpresa –cosa que el especialista captó al vuelo por mi cara, y prosiguió explicándome–. “Te lo resumo: el diafragma no deja de ser un músculo, pero uno clave porque conecta con muchas estructuras, tejidos, sistemas y órganos. Así, cada respiración moverá el cuerpo entero y, si no hay una buena respiración, el cuerpo entero lo pagará”. Okey, aquello tenía sentido.
Es cierto que llevaba unos meses con dificultades para respirar, sintiéndome incapaz de llenar por completo los pulmones. Aunque lo achacaba a un periodo de estrés, no imaginaba que ese estrés pudiese acarrearme problemas también a nivel físico. “Claro que sí. Una mala respiración puede influir y mucho en todo nuestro cuerpo”, atajó. Como me explicaría en los siguientes 15 minutos, mi pésima forma de respirar –acelerada, de pecho y con poco uso del diafragma– estaba causándome más problemas de los que a priori podía preveer. “Cuando respiras bien, el cuerpo funciona mejor, con menos tensión y más tensegridad (esto es, con más equilibrio). Pero, cuando la respiración se altera por estrés, por ciertos hábitos o por una vida muy sedentaria, el cuerpo entra en modo defensa: suben los hombros, se carga el cuello y la zona escapular… Y empiezan las cargas, los bloqueos y las compensaciones”.
Resulta que, según el experto, había entrado en un bucle bastante común: respirar mal tensaba mi cuerpo, tensarme hacía que me moviese peor, moverme peor acababa acarreándome dolores, esos dolores hacían que mi descanso no fuese reparador, y vuelta a empezar. Dicho de otra manera, yo formaba parte de ese más del 70 % de la población que respira de forma inadecuada habitualmente. “Un patrón de respiración muy común y que conviene evitar es aquel en el que se mueven más los hombros que las costillas. Al elevar los hombros, toda la parte superior del tronco, tanto anterior como posterior, empieza a crear restricciones de movimiento, sobrecargas y contracturas, y la falta de movilidad en las costillas hace que el cuerpo acabe compensando en zonas como el cuello o la parte alta de la espalda”.
Como me explicaría segundos después, también es muy frecuente la respiración rápida y superficial, muy ligada al ritmo de vida actual y al estrés constante –de nuevo, me sentía representada en sus palabras–. La parte positiva era que en mis manos estaba cambiarla. “La respiración es una herramienta muy potente para recuperar. Cuando consigues bajarla y hacerla más lenta, ayudas al cuerpo a salir del estrés y a entrar en un estado más reparador. Eso mejora el descanso, la postura, la relajación muscular y el bienestar en general, tanto físico como mental. No se trata de hacerlo perfecto, sino de recuperar una respiración más natural y mantenerla en el tiempo”. He aquí los consejos (sencillos y efectivos) del experto para dar el primer paso:

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