Aún no se han desperezado las calles del distrito 11 de París, un viernes bien temprano, pero tras las pesadas puertas del cavernoso estudio, la paz se esfuma. Anok Yai está sentada, por llamarlo de alguna manera: se revuelve en la silla, ríe y se menea al son de la música, una mezcla de Afrobeat y R&B. Su energía desbordante, más que llenar la habitación, traspasa las paredes. Lleva una suave bata en un tono blanco nube, su cara cubierta con una mascarilla fantasmal, gelatinosa y brillante. Pero ella, de misteriosa, no tiene nada. Su voz –grave, apenas nasal– oscila entre la exageración jocosa y el comentario afilado. Su mirada, penetrante, imponente. Sus pómulos se afilan con cierto aire sobrenatural. Los labios se esculpen con una perfección casi indecente.
Una vez retirada la mascarilla, es difícil no fascinarse con su piel: el tono, el matiz, el brillo natural, cómo captura la luz a cada gesto (la modelo, que es pintora amateur, me cuenta más tarde que es una gran admiradora de la obra de Kerry James Marshall, artista conocido por retratar figuras negras protagonizando suntuosas escenas saturadas de color; una auténtica oda a la negritud que, contemplando a la modelo, cobra todo el sentido). Jawara, peluquero de Anok y amigo desde hace años, se desenvuelve con total soltura, afeita su incipiente pixie afro con precisión confiada mientras charla e intercambia zascas con ella, casi sin respirar (“Somos los únicos que podemos hablarnos así”, me dice luego Jawara, muerto de la risa. “La gente nos pregunta: ‘Oye, ¿estáis discutiendo?’. Y les digo: ‘’¡Qué va! Es un tema cultural. ¡Yo estoy muy loco y ella también!”).


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