Cuando mi redactora jefe, Cecilia Casero, me propuso cubrir Endometriosis: el dolor silenciado 1860 – 2026, la nueva exposición de Laia Abril en el Museo del Romanticismo de Madrid dedicada a esta enfermedad, lo primero que sentí fue gratitud. En primer lugar, hacia ella, porque en un entorno, el laboral, que a veces puede llegar a ser tan frío, hubiese escogido verme y escucharme activamente. No hacía ni un mes que, en el interminable trayecto de mi casa a la oficina (vivo a unas dos horas en transporte público), tuve que salir atropelladamente del metro y pedir un VTC que, más que llevarme de vuelta, ojalá me hubiese teletransportado a mi cama: aun sin regla todavía, empecé a sentir unas terroríficas punzadas en la zona pélvica que irradiaban dolor hacia los rincones más recónditos de mi cuerpo –por no mencionar que la ambulancia improvisada, me costó, además, un ojo de la cara–. Cuántas veces, en ese mismo camino diario en bus, comenté con mi amiga Yolanda, compañera de madrugones, los estragos compartidos de la endometriosis. “Es como si te retorcieran y apretaran toda la parte inferior del abdomen… pero quien no lo tiene, no lo entiende, creen que exageras”, me relata cómplice mi amiga, para quien la menopausia, pese a todo, ha supuesto “mucho alivio”. En mi cabeza, ese dolor tan subjetivo, tan propio, ilumina en mi cabeza una imagen muy clara: ese Alien de Ridley Scott cabreado, abriéndose paso a través del vientre.
Laia Abril, Endometriosis, 2026
Elevé un gracias, también, a la artista, porque alguien con su trayectoria y proyección, Premio Nacional de Fotografía en 2023, y en el marco del prestigioso festival PhotoEspaña, eligiese poner en el centro de su siguiente obra esta enfermedad inflamatoria crónica y benigna –¡ay, las trampas de la terminología médica!–, tan incomprendida como poco investigada. “Lo cierto es que estoy sorprendida por los agradecimientos, ha sido un poco avalancha en redes”, me cuenta Laia Abril por Zoom, en vísperas de la inauguración. Si bien la artista lleva prácticamente desde sus comienzos abordando en clave artística las muchas y diversas violencias sistémicas que se ejercen contra las mujeres en todo el mundo (en su proyecto a largo plazo, A History on Misoginy, ha dedicado series al aborto, la violación o los casos de histeria colectiva), confiesa llevar años pensando en trabajar sobre la endometriosis por un mero acto de justicia personal: “Tengo endometriosis, me la diagnosticaron hace cuatro meses, aunque llevo acudiendo al médico diciendo que tenía dolores insoportables toda la vida”, revela y añade que, en su caso, la media de demora en el diagnóstico, situada según datos de la OMS entre los 4 y los 12 años, se queda corta: “Yo he tardado 20”.
Cada palabra que pronuncia Laia sobre su relación con esta dolencia, bien podría ser mía, o de cualquiera de los 190 millones de mujeres en todo el mundo (1 de cada 10) que se estima que tienen endometriosis. Como indica su etimología, se trata de una enfermedad que afecta al endometrio… pero no solo: las células de esta capa mucosa que recubre el interior del útero, tan unida al ciclo menstrual, crecen de manera anómala y se instalan en otras zonas, fundamentalmente en los ovarios y el útero, si bien hay casos más complejos en que llegan a invadir órganos del aparato digestivo o incluso el pulmón. Como yo me lo he explicado a mí misma más de una vez, es como si tuvieses la regla al mismo tiempo en partes del cuerpo donde no toca. Cada ciclo es una aventura. Cada caso, un mundo. Siempre, por desgracia, hay alguien peor que tú. Tan misteriosa es y tan paradójica que incluso puede ser asintomática. De ahí que en los últimos años ya no se considere una afección puramente ginecológica, sino una enfermedad multisistémica de índole inmunitaria, relacionada según estudios recientes con hasta 600 enfermedades. La realidad a día de hoy es que aún se desconocen las causas y no existe una cura: las investigaciones, como ocurre con todo lo que afecta a las personas con útero, son escasas y poco concluyentes. La mayoría de las afectadas se ven envueltas durante años en una lacerante y frustrante espiral de violencia obstétrica y negligencias médicas.
Frustración es quizá la palabra que más sale por boca de Laia durante nuestra conversación: la agotadora sensación de que “nadie te haga caso, sobre todo la comunidad médica, que es la que tendría que entenderte”. No tarda en mencionar uno de los consejos más recurrentes (uno especialmente cruel y demencial) que las pacientes oyen en consulta: “Cuando te quedes embarazada, se te pasará”. No es de extrañar que quienes la padecemos, incluida la artista, fibrilemos ante tamaña insensatez, teniendo en cuenta que una de las consecuencias más frecuentes de esta dolencia es la infertilidad.


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