Siempre tuve claro que el día de mi boda sería especialmente difícil sin mi madre. He visto a muchas amigas vivir ese proceso acompañadas por las suyas: elegir el vestido juntas, visitar espacios para la celebración, escuchar sus discursos, caminar hacia el altar o discutir por los pequeños detalles que inevitablemente surgen durante los preparativos. Yo también quería encontrar una manera de compartir algo parecido, de sentir que mi madre seguía formando parte de ese momento tan importante.
Aproximadamente un año antes de la boda visitamos a mi padre y pasamos una tarde revisando cajas llenas de recuerdos del matrimonio de mis padres. En una de ellas apareció el vestido de novia de mi madre. Era un diseño absolutamente representativo de los años ochenta: voluminoso, lleno de encajes, con mangas abullonadas y una cantidad considerable de volantes. Intenté probármelo, sin demasiado éxito —las tallas de aquella época poco tienen que ver con las actuales— y bromeamos con la posibilidad de que lo llevase en mi propia boda.
Semanas después comenté con mi tía Sarah, que había trabajado durante años en la industria de la moda y tenía experiencia en confección y arreglos, que me encantaría darle una nueva vida al vestido. Ella trasladó la idea a su amiga y vecina Su Haines, una modista especializada en diseños para alfombras rojas y espectáculos, que ha trabajado para artistas como Jade, Florence Welch, Anne-Marie o Jess Glynne.
Yo ya tenía algunas ideas bastante claras sobre cómo quería que fuese el resultado final. Mi intención era llevarlo durante nuestra ceremonia civil en Londres —la gran celebración tendría lugar unas semanas más tarde en Italia—, así que buscaba algo más formal que un vestido de novia tradicional. Siempre me han fascinado los drapeados característicos de Vivienne Westwood, los delicados bordados de cuentas de los diseños de Clio Peppiatt y las capas etéreas de tul que caracterizan las creaciones de Danielle Frankel.



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