El argumento se centra en una joven de 26 años, huérfana y dueña de una gran herencia en el año 2000. Abrumada por el vacío y el dolor emocional, decide aislarse del mundo durante 12 meses. Y asistida por su herencia y un cóctel de psicofármacos, se marca un único objetivo: dormir y ver películas de Harrison Ford. Si soy sincera, a mis amigas y a mí este libro nos ha pillado en un momento en el que nos sentíamos tan perdidas y tan sumamente cansadas que necesitábamos algo así de radical. Y, aunque pueda parecer una premisa absurda, enseguida entendimos por qué tanta gente sigue recomendándolo ocho años después. Hoyos cree que parte de la fuerza de la novela está precisamente en que su protagonista es egoísta, incómoda e incluso insoportable. Tiene razón, porque han pasado semanas desde que la terminé y sigo pensando en ella.
Conforme cumples años, ese cansancio de la rutina se vuelve más pesado y la rueda del sistema pasa factura, ¡y eso que apenas tenemos 25 años! La novela retrata a la perfección esa necesidad casi física de apagar el cerebro y dormir durante días enteros para poder resetearse. La protagonista de Ottessa Moshfegh respondía a la arrolladora intuición de que, en cuanto durmiera lo suficiente, todo estaría bien y lograría renacer. Esa fantasía de desaparecer durante un tiempo no es solo la de la protagonista. Cuando pregunté a Carla Lurqui, otra de las socias de la librería Lasai, por qué cree que este libro conecta tanto con nuestra generación, me respondió que vivimos con una autoexigencia constante que convierte la vida en una cuesta arriba. Citaba incluso a Byung-Chul Han y La sociedad del cansancio: “Ya no necesitamos que nadie nos explote, nos explotamos solos”. Quizá por eso la idea de parar por completo resulta tan seductora. Ya no soñamos con tener más tiempo libre. Soñamos, directamente, con desaparecer durante un rato sin sentirnos culpables por ello.
Lo que no sabía era que estaba chocando contra una realidad muy actual, en la que vivimos en una sociedad donde parar nos penaliza. Como me decía mi amiga Alba Llacer mientras debatíamos sobre la novela: “Hasta nuestros hobbies tienen que ser productivos (leer para acumular bagaje cultural, ver la última serie para estar al día, meditar para relajar la mente…) y no se nos permite parar de verdad sin buscarle un fin útil”. Y tiene toda la razón. Hemos convertido incluso el descanso en otro espacio donde rendir. Leemos para adquirir capital cultural, hacemos deporte para perfeccionar nuestro cuerpo y, en los últimos años, hasta dormir parece algo que hay que mejorar con aplicaciones y relojes inteligentes. Descansar simplemente porque estamos cansados casi se ha convertido en un lujo. Hoyos también cree que aunque la protagonista lleva ese deseo al extremo, sostiene que muchos lectores reconocen en ella una fantasía muy familiar: “Desaparecer durante un tiempo, dejar de rendir, de producir y de cumplir expectativas”. Y la verdad es que intentar llegar a todo solo nos deja exhaustas, con ansiedad y una sensación constante de vacío. Así, la autora consigue realizar una crítica sumamente inteligente de la sociedad moderna.

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