La novena edición de Mallorca Live ha llegado con cambios de programación, principalmente la reducción del cartel a dos jornadas principales -se ha eliminado el jueves- y la adición de un «closing party» el domingo encabezado por el DJ set de David Guetta. El arranque del viernes ha contado con 18.000 asistentes que han difuminado lo que significa ser un cabeza de cartel nacional o internacional.
Porque hasta la llegada de Prodigy a las 2.00 de la noche en Calvià suceden muchas cosas, de punta a punta del recinto, desde el bailoteo del escenario La Plaza hasta los conciertos íntimos de La Isla, por cierto, muy recomendables para acercarte a propuestas menos masificadas pero muy sugerentes, como la de Carmesí, o incluso un popup de los conocidos Espresso Concerts que están conquistando la isla.
De hecho, aunque Prodigy son a todas luces el headliner internacional del viernes, su tardío horario -acorde a su propuesta de electrónica ravera industrial- hace que en esta jornada también los nombres nacionales congreguen una considerable densidad de asistentes, y ahí hay que hablar especialmente de Dani Fernández.

La actuación del manchego es especialmente esperada ya que es solo la segunda tras la operación de hombro que atravesó tras su caída el pasado mes de abril. Fernández pide en un momento del show que no le tengamos en cuenta si tiene que parar de tocar, pero nadie diría viéndolo actuar que ha pasado por quirófano recientemente: su intensidad performática -sobre todo vocal- sigue intacta y su capacidad para levantar al público también. A veces esa intensidad parece demasiado: Fernández interrumpe el concierto en un momento del show para que un asistente reciba atención médica.
Presentando canciones emotivas como ‘Todo cambia’ o animadas como ‘Bailemos’, Fernández ofrece pop-rock emocional y una curiosa puesta en escena integrada por varios muros de hormigón grafiteados, evocando los muros típicos de barrios humildes como recordando de dónde viene, y tiene palabras de agradecimiento para la organización del festival, el equipo sanitario, y para el público que «se gasta el dinero en ver música en directo».
De repente me sumerjo en un tramo británico de Mallorca Live, ya que me escapo brevemente para ver actuar a The Paisley Daze en el escenario La Isla, que son todo un torpedo rock ‘n roll y suben la temperatura del recinto gracias a sus enérgicas canciones, guitarrazos garajeros, y al evidente carisma de su vocalista, que en un momento lanza agua de una botella al público, como poseído por la excitación.
Y cuando me doy cuenta, The Libertines han subido al escenario Es Jardí. Ya entrada la noche, Pete Doherty y Carl Barât despliegan su característica elegancia decadente y británica ante su público más leal. Las guitarras con aroma clásico y blues siguen siendo su marca, también la puntual trompeta tocada en directo, y tanto el ‘shoop shoop’ de ‘What Katie Did’ como la sobria ‘Merry Old England’ configuran un repertorio bastante reposado en el que la voz de crooner de Doherty suena especialmente controlada y nítida.

La fluidez y proximidad entre escenarios facilita acercarse a distintos conciertos durante la jornada, aunque mi experiencia del concierto de Samuraï se limita a dos canciones adscritas a su estilo pop-punk -por cierto, muy coreadas por un público entregado que llena el escenario Mallorca- y a una inesperada lluvia de globos hacia el público, cuyo origen ni la propia Samuraï sabe explicar. El concierto de Samuraï precede al de Viva Suecia, uno de los más concurridos de la jornada, aunque eso ya no es ninguna sorpresa: en este medio nos hemos cansado de informar sobre el ascenso comercial de Viva Suecia y las distintas distinciones discográficas que acumulan.
Los temas con madera de himno como ‘Dolor y gloria’ o ‘Deja encendida una luz’ vuelven a vertebrar un espectáculo centrado en la canción pop-rock más épica y victoriosa, con ecos de Bunbury en melodías y voces, y una puesta en escena bastante trabajada con diferentes visuales con coloridos gráficos.
El set de Viva Suecia se desarrolla con esa emoción y épica estilizada tan suya, combinando melodía hercúlea y el ritmo rock bailable; y cuenta con varios artistas invitados: junto a Hoonine interpretan probablemente el mejor estribillo del concierto, el de ‘Tú y yo contra los demás’, y después Dani Fernández aparece reconociendo que al principio iba a quedarse en el camerino, pero que al final no ha podido resistirse al calor del público. Especialmente interesante es la intervención de Samuraï, a la que Rafa Val agradece que les haya hecho descubrir que «la edad a veces está reñida con la madurez», una lección de inteligencia emocional canalizada en su tema conjunto interpretado por primera vez en vivo, ‘Melancolía’, con Val al piano.
En contraste con la sobriedad pop-rock de Fernández y Viva Suecia, el set de Belén Aguilera es totalmente teatral y performativo, presentado con una puesta en escena que entra por los ojos y que representa quizá un barco a la deriva -simbolizado por un mástil que preside el escenario-, pero también un concierto de liceo, al que nos lleva el conjunto de cuerdas -violín y cello-, el teclado estilizado con tubos como si fuera un órgano, y el cuerpo de bailarinas simulando una cohorte de ninfas que apoyan -física y emocionalmente- a una Belén Aguilera que actúa con trapos y descalza, melena al viento, como si fuera una heroína lírica en mitad de un naufragio ritual.
El concepto detrás del show de Aguilera se sostiene sobre un repertorio que atraviesa las diferentes «facetas» emocionales de su propuesta: del baile electrónico de ‘Galgo’ o ‘Licántropo’ -con sample de ‘Thriller’- o la preciosa ‘Eclipse’, a la balada emotiva de ‘Soledad’, dedicada a su abuela, o la coreada ‘Mía’, pasando por un sorprendente sample de ‘Moi… Lolita’ de Alizée. El espectáculo es estéticamente 100% contemporáneo por su mezcla de códigos urbanos y pop clásico. Actuando frente a un fluido público -quizá demasiado-, Aguilera se entregó vocalmente y a sus elaboradas coreografías -que en ocasiones la llevan arrastrada por el suelo o elevada por los aires-, como si estuviera en el mismo Movistar Arena que llenó hace meses.

Llegadas las dos de la noche, la atmósfera se endiablaba con el set de ritmos raveros e industriales de The Prodigy, que, reconfigurados en torno al mastermind Liam Howlett y el veterano MC Maxim -encargados de las voces en directo y con el apoyo de Rob Holliday a la guitarra-, tras la muerte de Keith Flint en 2019, ofrecen un set que no decepciona.
Dispuestos en escena de forma esquemática y casi militarista -cada miembro toca en su propia plataforma, mientras Maxim se mueve de un lado a otro del escenario-, el grupo convierte Calvià en una mina de bombas sonoras, disparando sus excitantes beats industriales, sintetizadores radiactivos y espectaculares visuales que sin duda roban toda la atención, siendo el absoluto centro visual, en especial esos imponentes fusiles flotantes en diseño 3D que parecen estar físicamente sobre el escenario.
Con un Mallorca Live rendido ante la potencia sónica de The Prodigy, el set, que abre con ‘Omen’ y sigue con las explosivas ‘Light Up the Sky’ o ‘Invaders Must Die’, no escatima en envolventes rayos láser que bañan de amenazantes luces verdes y rojas toda la pista. El grupo remata con la apoteósica ‘Smack My Bitch Up’ justo antes de los bises, y yo no puedo evitar recordar aquel éxito de t.A.T.u. que estaba tan inspirado en ella. Para muchos, ‘Not Gonna Get Us’ fue nuestra puerta de entrada a Prodigy, sin saberlo.

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