Para Osaka, el famoso y estricto código de vestimenta de Wimbledon resultó ser inesperadamente liberador. “La verdad es que no me sentí limitada en absoluto”, afirma Osaka. “Obviamente, el conjunto tiene que ser blanco, pero, aparte de eso, puedes jugar con muchos elementos de diseño diferentes. En cierto modo, no tener que pensar en el color te permite destacar otras características interesantes, como los tejidos y las texturas”.
Para Yagi, la ausencia de color, de hecho, agudizó el ingenio. “Trabajar exclusivamente con el blanco me permitió centrarme en el material, la transparencia, la confección y la silueta en lugar del color”, afirma. “A veces, las ideas creativas más potentes surgen de las restricciones más firmes”.
La colaboración también refleja la química creativa que Osaka y Harper han desarrollado a lo largo de los últimos años. Cuando empiezan a idear un nuevo look, rara vez comienzan hablando de ropa.
“Naomi suele llegar con un instinto: una emoción, una referencia cultural o un camino que le encantaría explorar”, explica Harper. “A partir de ahí, empezamos a plantearnos preguntas más amplias. ¿Qué historia estamos intentando contar? ¿Cómo se relaciona con el torneo? ¿Cómo puede la moda contribuir al rendimiento en vez de competir con él?”.


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