15/07/2026

5 libros geniales para reconectar con la ternura, según la filósofa Paz López

La recomendación de Paz López: “Las lectoras de Anne Dufourmantelle le debemos mucho a Nocturna, una editorial argentina que la tradujo al español y la ha hecho circular en el mundo de habla hispana. Dufourmantelle fue una psicoanalista y escritora francesa, que murió ahogada intentando rescatar a unos niños del mar. Eso es tristísimo por el hecho mismo, pero también porque con esa muerte se va un mundo, una manera muy singular de pensar, una escritura insuflada de vida y de deseo. Dufourmantelle no desconoce que vivir es un oficio difícil, atravesado por contradicciones, incomodidades, daño y dolores. ¿Quiénes no conocen la angustia son humanos?, se pregunta en Elogio del riesgo.

Hecho de un conjunto de relatos clínicos, en En caso de amor Dufourmantelle piensa el erotismo y el amor como algo que no puede no doler, porque el deseo es también oscuro, contradictorio, quema, pero no le atribuye a todo eso el carácter de absoluto, como si no existiera la posibilidad de vislumbrar otra cosa, sino que hace del riesgo, la dulzura, el erotismo, los sueños, el amor, potencias que traccionan en una dirección opuesta a la ansiedad reactiva, a la vida conformista, el resentimiento común, el individualismo. Su pensamiento es hospitalario con nuestras angustias porque sabe que somos seres insuficientes, precarios, inmaduros, un poco tontos, y por eso mismo, nos invita a no redoblar el sufrimiento, la vulnerabilidad, la crueldad, ni a volvernos insensibles a ellos, abriendo con delicadeza la posibilidad de seguir pensando, amando, resistiendo, imaginando, respondiendo, pese a todo”.

‘Vida imaginaria’ (Lumen, 2023), de Natalia Ginzburg

‘Vida imaginaria  de Natalia Ginzburg

Lumen

La recomendación de Paz López: “Decir algo de la escritura de Natalia Ginzburg implica, ante todo, atender a una forma de sobriedad poco frecuente. Sin dejar de contar lo que es indispensable contar –la manera en que enfrentamos el dolor, la felicidad, la miseria, el miedo, la muerte–, Ginzburg escribe sin la grisura de las palabras artificiosas, sin levantar jamás la voz, sin solemnidad ni grandilocuencia. Su prosa es contenida y, al mismo tiempo, profundamente intensa. Es cómica y melancólica a la vez y no teme sostener opiniones que van a contrapelo del horizonte moral de su época. Quienes la conocieron solían destacar justamente esa cualidad, la de hablar una lengua aparentemente simple y liviana, sin sentimentalismos, y tocar sin embargo el corazón de las cosas. Esa suerte de austeridad expresiva le permite en este libro de ensayos pensar el feminismo, la infancia, las incertidumbres de la vida o las violencias de nuestras democracias sin refugiarse en lo ya sabido, como si leyéndola tuviéramos que aprender a pensar todo otra vez. Quizás por eso alguna vez dijo “no teníamos ideas, sino deseos”, como si la escritura alcanzara su potencia cuando está apegada a la vida, a sus revoltijos, a los afectos, a los vínculos, a todo eso que nos impide afirmar temerariamente y negar a la ligera. Hay también en este libro retratos de algunos escritores amados por ella –Italo Calvino, Elsa Morante, Cesar Pavese– y lecturas de películas de Fellini o Bergman que son absolutamente hermosas”.

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