Acciones y palabras: las promesas que nunca llegan
Una de las lecciones más valiosas que aprendí yendo a terapia fue a distinguir entre las palabras y las acciones. Le daba demasiada importancia a las promesas, a los planes y a todo lo dicho, independientemente de que llegaran a tomar forma. Puede resultar una obviedad, pero me cambió la vida entender que los hechos son lo que verdaderamente perduran y demuestran coherencia en las personas.
Como dice la psicóloga Olga Albaladejo, “las palabras llegan antes que las pruebas”, y añade que existen varias razones para que suceda esa brecha entre palabras y acción. Por un lado, no escuchamos de una manera completamente neutral, lo hacemos desde nuestros deseos, necesidades y expectativas, por lo que cuando alguien nos dice ‘voy a cambiar’ o ‘cuando pase esta etapa todo será diferente’, no recibimos únicamente una frase, sino que empezamos a imaginar la relación que podríamos llegar a tener si esa promesa se cumpliera.
También interviene el llamado efecto halo. Según Albaladejo, cuando una persona nos resulta atractiva, cálida, segura o convincente, esa impresión positiva puede extenderse a cualidades que todavía no hemos comprobado, como su honestidad, su compromiso o su fiabilidad. “La investigación clásica sobre este efecto mostró que una valoración global de alguien puede alterar, sin que apenas nos demos cuenta, la forma en que juzgamos sus características concretas”. A ello se añade el sesgo de confirmación, es decir, una tendencia a prestar mayor atención a la información que sostiene aquello que ya creemos o queremos creer, y a minimizar las señales que lo contradicen. “A veces no estamos eligiendo simplemente entre palabras y hechos. Estamos eligiendo entre la persona que tenemos delante y la persona que deseamos que algún día llegue a ser. Y renunciar a esa posibilidad puede doler incluso más que aceptar lo que ya está sucediendo”, reflexiona la psicóloga.
¿Por qué justificamos la incoherencia?
Recuerdo enredarme en pensamientos rumiantes intentando comprender el comportamiento de algunas personas, analizando cada una de sus palabras para descifrar por qué habían hecho o dejado de hacer tal cosa; Albajadejo me explica que a esto se le llama disonancia cognitiva y aparece cuando mantenemos simultáneamente dos ideas difíciles de conciliar. “Por ejemplo: ‘Esta persona me quiere’ y ‘esta persona me trata de una forma que me hace daño’. Esa contradicción genera malestar y, para reducirlo, podemos revisar nuestra idea sobre la relación, pero también podemos reinterpretar una y otra vez los hechos: ‘Está pasando una mala época’, ‘no sabe demostrar lo que siente’, ‘en el fondo tiene buen corazón’”. Más allá de que estas explicaciones sean o no verdaderas, el problema llega cuando dejan de ayudarnos a comprender una situación concreta y se convierten en una justificación de cualquier comportamiento.
Otro de los motivos que nombra la experta es lo que en economía conductual se conoce como coste hundido o coste invertido. “Cuanto más tiempo, amor, esfuerzo o proyectos hemos depositado en una relación, más difícil resulta aceptar que quizá nunca llegará a ser como esperábamos”. Asegura, además, que en algunas relaciones aparece una alternancia imprevisible entre distancia y cercanía, decepción y reconciliación, frialdad y grandes demostraciones de afecto. “Este patrón puede mantenernos muy pendientes del próximo momento bueno. No porque disfrutemos sufriendo, sino porque la incertidumbre aumenta la atención y alimenta la esperanza”. Aclara que no justificamos necesariamente porque seamos ingenuos o débiles, lo hacemos porque todavía no estamos emocionalmente preparados para aceptar lo que el patrón completo significa.

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