De hecho, todo lo que rodea a Lozano-Hammer tiene un carácter colectivo con el que impregna sus instalaciones. Así, la participación del espectador o del visitante es un ingrediente esencial en su enfoque del arte: “Siempre digo que mi trabajo es incompleto y está fuera de control”, cavila. “Incompleto porque si alguien no camina por aquí [en KristallStimmen], no hay nada que escuchar. Si nadie aporta su latido [como en Pulse Voronoi], solo hay oscuridad. Y fuera de control porque las voces [de Kristallstimmen] dicen lo que quieren. El arte debería ser una oportunidad para que la gente diga lo que piensa. Y creo que si controlas, solo envías un mensaje, el de la censura”. Al mismo tiempo, incluye ciertas tecnologías de vigilancia y medición que aportan un toque oscuro a ambas iniciativas: “Creo que puedes usar estas tecnologías no para dividir y clasificar a la gente, sino para ofrecerles oportunidades para que puedan reunirse y compartir una experiencia. Quizá personas que no se conozcan lleguen a hablar una con la otra, y eso es increíble”, sopesa. Entre sus máximas motivaciones cita la “ausencia política de conexión”, que le hace querer poner su granito de arena, “más como ciudadano que como artista”.
En el caso de un artista que ha hecho del estudio de la luz su sello personal, no sorprende que mencione a otro artista de la luz entre sus Cámaras de las Maravillas favoritas de Swarovski. Junto a Kristallstimmen se encuentra Umbra, la instalación con la que James Turrell se alía con la marca. Sin embargo, matiza Lozano-Hammer, su forma de tratar la luz es diferente. “Él procede de la tradición cuáquera, así que es más espiritual”, declara. “Mis padres eran dueños de un club nocturno en México, así que mi aproximación es más bien la desorientación y las luces estroboscópicas. Más relacionadas con el artificio, la fiesta, el público y la violencia”.

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