
Yo no quería ver El 47, la película de Marcel Barrena. No quería verla por motivos biográficos: soy uno de los miles y miles de extremeños y andaluces que, como los protagonistas de El 47, llegaron en los años cincuenta y sesenta a Cataluña en busca de un futuro imposible en su tierra natal, y me daba pánico que la película incurriera en cualquiera de las trampas incontables con que la demagogia sentimental, la nostalgia embustera o la autocomplacencia política han sembrado ese terreno escabroso (un terreno sin el cual resulta imposible entender la Cataluña y la España recientes).

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