08/07/2026

A pleno sol: una crónica de Pedro Almodóvar del desfile otoño-invierno 2026-2027 de Dior

Lo descubrimos nada más llegar. Yo iba vestido con una especie de cazadora triple, toda de lana, muy bonita, pero invernal. Empezamos a movernos huyendo del calor, pero era imposible. En mi huida me encontré con Marisa Berenson, belleza eterna, y hablamos de cómo nos conocimos. Fue en el Festival de Cannes, en el año 1988. (Yo me había hecho instantánemente famoso porque el comité del selección había rechazado Mujeres al borde de un ataque de nervios y la película se había convertido en el hot ticket en las proyecciones del mercado). Nos conocimos en uno de esos eventos paralelos que florecen alrededor del festival, era un programa que dirigía Frédéric Miterrand, el sobrino del presidente socialista, y trataba de fenómenos esotéricos, no recuerdo el nombre. Estaba sentado en una mesa variopinta, con Marisa Berenson y Silvana Pampanini, convertida ya en fenómeno esotérico ella misma.

Miterrand se dirige a Marisa y le pregunta por su obra maestra Barry Lindon, donde ella reconoce que Stanley Kubrick no le dijo una sola palabra para dirigirla. Las velas que la iluminaban estaban mucho más dirigidas que ella misma. Yo metí baza para decirle hasta qué punto soy un director pesado con los actores. Miterrand después le preguntó por otro maestro, Luchino Visconti. Este, según Marisa, dirigía más, casi tanto como cuidaba del atrezo. La leyenda dice que para las escenas de Senso en las que su protagonista, la doliente por amor Alida Valli, se sentaba frente a su boudoir, lleno de joyas y productos de belleza, tenía tres scripts para controlar  todos los elementos del boudoir. Así era de obsesivo el maestro Visconti con los detalles.

En el resto del cine que hacemos los demás, una script nos basta y nos sobra para toda la película. Hablando del maestro Visconti y Muerte en Venecia, en la que una bellísima Berenson interpretaba a la esposa del músico von Aschenbag, que caía fulminado por la belleza del efebo Tadzio. El joven Björn Andrésen, que lo interpretó, tuvo que cargar el resto de su vida con ser el efebo más bello del mundo. Björn y Marisa se hicieron muy amigos en la vida real, y ella pudo comentarle a Miterrand la sombría existencia de su compañero, maldito de por vida por el estigma de Tadzio. La víctima en la vida real de Muerte en Venecia sería el joven bellísimo y no su admirador maduro, el músico Gustav von Aschenbag, como reza en la novela de Thomas Mann. El cine tiene algo de premonitorio, aunque en este caso sería una vez más la belleza deslumbrante la que se extinguiría al final. Andrésen acabó muriendo joven, comentó Marisa Berenson, cuyo recuerdo la entristecía. Todos los presentes habíamos leído la noticia de su fallecimiento; todos, menos el mago Miterrand, que como Orfeo con Eurídice, bajó al Inframundo y nos trajo vivito y coleando a un maduro Björn Andrésen. Tan vivo que a Marisa casi le da un síncope. Todo había sido un cúmulo de noticias falsas, en un momento en que todavía no existían las redes. El joven Tadzio había sufrido mucho, pero todavía estaba vivo.

Ver fuente