2. Las crucíferas y las verduras amargas, grandes aliadas del hígado
Brócoli, coliflor, pero también alcachofa, endibia, diente de león o achicoria. Según la naturópata Manon Borderie, “los alimentos de sabor amargo estimulan la producción de bilis, esencial para eliminar toxinas, digerir las grasas y mantener el equilibrio hormonal”. Cuidar el hígado es, en el fondo, ayudar al cuerpo a gestionar mejor su carga ácida.
3. Los tubérculos más suaves
Boniato, chirivía, remolacha… A diferencia de los cereales refinados, estas hortalizas aportan carbohidratos complejos fáciles de asimilar, junto con minerales de efecto alcalinizante. “Dan energía sin provocar picos de glucosa ni una producción excesiva de ácidos metabólicos”, señala Aurélie Canzoneri.
4. Las frutas, incluso las más ácidas
Limón, cítricos, frutos rojos, manzana, pera… Ricas en agua, potasio, fibra y antioxidantes, las frutas tienen un efecto alcalinizante una vez digeridas, recuerda Manon Borderie. “Las prefiero maduras, de temporada y, a menudo, fuera de las comidas principales para facilitar su absorción”.
5. El aguacate
Aunque a veces se le mire con recelo, el aguacate es un gran aliado del equilibrio ácido-base. Aporta potasio y grasas monoinsaturadas de calidad, nutre las membranas celulares y ayuda a frenar la inflamación. “Su alta densidad nutricional aumenta la saciedad y reduce la tentación de recurrir a alimentos más acidificantes”, apunta Aurélie Canzoneri.
6. Frutos secos y semillas
Almendras —las grandes campeonas alcalinizantes—, castañas, nueces, avellanas, semillas de chía o de lino. Son ricas en magnesio y omega-3, y ayudan a mantener el equilibrio nervioso y hormonal. Aquí va el truco de naturópata que yo ya he incorporado: dejarlas en remojo unas horas para mejorar su digestión y asimilación.
7. Hierbas frescas y algas
Perejil, cilantro, albahaca, menta… y también algas como el nori o el wakame. “Concentradas en minerales alcalinos y antioxidantes, elevan el valor nutricional de los platos sin hacer pesada la digestión”, explica Aurélie Canzoneri.
8. Especias y aceites de calidad
La cúrcuma y el jengibre, “por su potente efecto antiinflamatorio y digestivo”, señala Manon Borderie. En cuanto a las grasas, la apuesta es clara: aceites vegetales de buena calidad (aceite de oliva virgen extra, colza o cáñamo) ricos en omega-3 y omega-9. Y siempre, siempre, consumidos en crudo.
Los grandes factores acidificantes que conviene moderar
Déborah Passuti, Aurélie Canzoneri y Manon Borderie —tres voces expertas en alimentación alcalina— coinciden en un punto clave: aquí no se trata de prohibir, sino de encontrar el equilibrio. Entre los principales elementos que conviene reducir están el exceso de carne roja, los quesos muy curados, los azúcares rápidos, los productos ultraprocesados, el café (especialmente en ayunas) y, como no, el estrés crónico. “El estrés es uno de los agentes más acidificantes para el organismo: aumenta la producción de ácidos metabólicos y agota las reservas minerales”, recuerda Aurélie Canzoneri.
Hábitos clave para recuperar el equilibrio ácido-base
Apostar por una hidratación consciente
“Sin agua, directamente no hay regulación posible”, subraya Déborah Passuti. Beber entre 1,5 y 2 litros de agua poco mineralizada a lo largo del día favorece la eliminación renal, mantiene una correcta hidratación celular y se nota incluso en la luminosidad de la piel. Para que el agua sea realmente compatible con nuestras células, debe tener un residuo seco a 180 °C inferior a 50 mg/L y un pH cercano —o ligeramente inferior— a 7. “La opción más fisiológica sigue siendo el agua filtrada por ósmosis inversa, instalada bajo el fregadero: un agua limpia, neutra y ligera, perfectamente alineada con las necesidades celulares. Es la que mejor ayuda a depurar, hidratar y apoyar los mecanismos de eliminación de ácidos en profundidad, sin agotar las reservas minerales”, añade Passuti.
Respirar, moverse, depurar
Mantener una actividad física regular (suave, pero constante) ayuda a reactivar la circulación y a drenar los ácidos acumulados sin someter al cuerpo a un estrés extra. “El movimiento libera endorfinas y dopamina, reduce el cortisol y regula de forma natural la ansiedad, algo clave para conservar el equilibrio ácido-base”, explica Déborah Passuti. Y aquí la coherencia cardíaca juega un papel protagonista. Esta técnica de respiración, sencilla pero muy potente, no solo contrarresta los efectos de un estrés altamente acidificante, sino que también apoya el trabajo de los pulmones, fundamentales en el equilibrio ácido-base gracias a la eliminación del CO₂.
Calmar el sistema nervioso
Dormir bien, respirar con conciencia, bajar el ritmo. “El estrés crónico alimenta un escenario inflamatorio y acidificante”, recuerda Déborah Passuti. Cuidar el sistema nervioso es tan importante como lo que ponemos en el plato cuando se trata de mantener el equilibrio interno. Y no es casualidad: “El estrés sostenido es uno de los factores más acidificantes para el organismo. Al mantener elevados los niveles de cortisol y adrenalina, incrementa la producción de ácidos metabólicos, dificulta la eliminación renal y va agotando poco a poco las reservas minerales necesarias para compensar el desequilibrio ácido-base”, añade Aurélie Canzoneri.
Este artículo se publicó originalmente en Vogue.fr

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