Cuando has vivido en muchos sitios diferentes parece claro que el apego pasa a ser una emoción relativa que, en vez de construirse en torno a un lugar geográfico, se levanta sobre conexiones que trascienden lo material. Además de en su ciudad natal, Bonn, la artista Bea Bonafini (1990) ha residido en Perth, Roma, Dublín, Bratislava, Londres, París, Atenas, Malta y Barcelona, así que es fácil intuir que se mueve por el mundo ligera de equipaje y que trabaja las raíces más como una herramienta de liberación que de anclaje. En el momento en el que se realiza esta entrevista, la italiana se encuentra ultimando los detalles de una exposición en Valencia –de nuevo la itinerancia por delante–, la primera individual en nuestro país, y que planifica desde su estudio situado en el barrio de Sant Antoni, en la Ciudad Condal, donde se mudó a finales de 2022. La muestra, bautizada con el nombre de Intangible, se puede visitar desde el 22 de mayo en la Galería Vangar y es un compendio de las obsesiones actuales de la artista. “Se trata de una selección de obras que abarcan un par de años. Hice muchas de ellas después de mi primer viaje a Japón y también coincidió con mi embarazo, así que creo que será una exposición muy bonita, con mucha ternura. En la tradición japonesa, en el sintoísmo, existe esta idea del Tao: ir por los caminos que marca la naturaleza, no resistirse a la dirección hacia la que esta se mueve, sino fluir con esos movimientos. Creo que está muy conectado con las piezas que se van a exponer, porque son una invitación a reflexionar sobre la cadencia de la vida: el nacimiento y la muerte, las transiciones y también la trascendencia. El flujo de energía determina la composición de las obras, hay una idea de ligereza, de no oponerse a las cosas, sino de permitir que estas ocurran”, explica al hilo de lo que podrá verse en la capital del Turia.

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