Cenas frescas y saludables de verano que no necesitan ni tiempo ni preparación
El dilema de las cenas es un viejo tema de conversación en Vogue. Somos conscientes de que es uno de los grandes retos nutricionales por aquello de que suceden en un momento del día en el que estamos cansadas y tenemos poco tiempo, por lo que siempre se corre el riesgo de, o bien tomar malas decisiones y tirar de ultraprocesados (ya sabemos que son los grandes enemigos, entre otras cosas, del proceso de envejecimiento) o bien de hacer cenas incompletas nutricionalmente hablando. En verano ese dilema se intensifica, entre otras cosas, por culpa del calor –¿Quién quiere pasar tiempo en la cocina con 40 grados a la sombra?–; del cansancio y de la vida social que nos hace pasar más tiempo fuera de casa.
La importancia de desterrar la idea de compensar
El verano en general y las vacaciones en particular invitan a socializar, a disfrutar frente a la mesa, a comer y cenar fuera de casa, a improvisar… Y eso es maravilloso, aunque durante mucho tiempo hemos creído que ciertos excesos o el hecho de no poder comer siempre perfecto implica la idea de tener que compensar. Pero no. “Lo primero que debemos hacer es desterrar la narrativa de la compensación: el cuerpo no funciona como una deuda que hay que saldar. Imponerse restricciones estrictas tras una comida o cena copiosa suele ser la antesala de una relación poco saludable con la alimentación, cuando lo ideal es reconectar con nuestro organismo y escuchar las señales naturales de hambre y saciedad. En verano socializamos, viajamos y compartimos más y debemos recordar que el bienestar no depende solo del sistema digestivo. La salud mental, el descanso y el disfrute social son pilares igual de importantes y compartir un helado en una terraza es también una forma maravillosa de cuidar nuestra salud emocional”, explica Carmen Morais Moreno, profesora de nutrición humana y dietética de la Universidad CEU San Pablo.
La tranquilidad de tener un plan B (y ser flexibles)
Dicho esto, tener una especie de plan B en forma de ‘platos de rescate’ fáciles de preparar en poco tiempo es una red de seguridad que nos permite disfrutar de la comida cuando salimos y tener flexibilidad. Como explica la psiconutricionista Itziar Digón, se trata de tener en mente ciertas alternativas que se hacen en pocos minutos con ingredientes fáciles para así “trazar un camino en tu cerebro de planificación para no caer en la improvisación y evitar que la parte más primitiva de nuestro cerebro actúa desde el impulso”.
Todo esto entronca también con otra idea fundamental: no obsesionarse con la perfección a la hora de comer. “La alimentación saludable no consiste en hacerlo perfecto, sino en hacerlo suficientemente bien la mayor parte del tiempo. Traducido a porcentajes podemos hablar de un 80%-20%. La flexibilidad es una de las herramientas más importantes para construir hábitos duraderos y una buena relación con la comida», apunta la nutricionista Andrea Vázquez, del grupo Marta Masi.

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