Nuestra sección Vogue (A)prueba es ya un éxito consolidado y a estas alturas las explicaciones resultan redundantes, sin embargo, para todo aquel que no esté familiarizado con el formato, aquí va un pequeño resumen: en la redacción nos hemos propuesto llevar a la calle lo que a menudo solo vemos en editoriales. Del bolso cacerola de Moschino, al sombrero pillbox, pasando por los zapatos Five-fingers, en Castellana 9 hemos testeado algunas de las piezas más impactantes del momento.
Sin embargo, lo que nunca habíamos hecho hasta la fecha era ponernos en la piel de alguien de 1896. Y es que ese precisamente fue el año en el que Louis Vuitton presentó su ya icónico Monogram, ese estampado que desde entonces ha adornado e identificado sus inconfundibles bolsos y maletas. No obstante, antes del Speedy y del Neverfull, Vuitton ya se había forjado un nombre gracias a un artículo mucho menos… dinámico. Nos referimos, claro, a sus legendarios baúles de viaje.
Así que teniendo en cuenta que este año se cumplen 130 años del nacimiento del Monogram, no se nos ha ocurrido nada mejor que, efectivamente, poner a prueba cómo sería viajar irradiando lujo, pero a la vieja usanza. Es decir, con un baúl a cuestas. Old money, pero de verdad.

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