19/05/2026

Desconexión digital: ¿quién puede permitírsela?

España reconoce, desde 2018, el derecho a la desconexión digital fuera de nuestro “tiempo de trabajo legal o convencionalmente establecido”, siendo uno de los países europeos pioneros en su regulación. Pero el concepto de desconexión es amplio y no solo atañe al ámbito laboral. Además, está atravesado por el género, la clase y el lugar de nacimiento. En Occidente, la “acción y efecto de desconectar”, según la RAE, se lee ahora –y no hace unos años– como una marca de estatus, un privilegio de unos pocos con un gran componente aspiracional. A lo material, se une otro capital humano, ya que se le presupone una cierta moralidad a quien practica la desaparición online voluntaria. Como quien convive con una adicción, el estar chronically online se entiende ya como algo casi decadente; una decadencia que tuvo su gracia, como la tuvo el heroin chic, pero que las nuevas generaciones tildarían de charca.

¿Qué ha cambiado entonces? ¿Por qué si antes disponer de una conexión a internet era símbolo de progreso –a fin de cuentas, era una tecnología cara y poco accesible–, ahora lo es alejarse del mundanal ruido en espacios brutalistas y de colores terracota sin ella? “Durante años, esta conectividad compulsiva se nos ha presentado como algo deseable: estar al día, estar visible, estar comunicados, estar en todas partes. Pero en la lógica de la moda y el consumo, lo valioso no es solo lo nuevo, sino lo inaccesible. Y hoy lo inaccesible es el tiempo propio”, apunta Juan Evaristo Valls Boix, profesor de Filosofía de la Cultura de la Universidad Complutense y autor de JOMO. El gusto de perder (Anagrama, 2026). “El offline se ha convertido en un valor aspiracional en términos de estatus social por la sencilla razón de que la mayoría de la población está online”, apunta por su parte Alba Correa, periodista.

Vayamos a los datos: más del 70 % de la población mundial usa un teléfono móvil, según apunta el Informe Global Digital 2025, publicado en colaboración entre We Are Social y Meltwater. Y si en 2005, había 1.000 millones de usuarios de internet; dos décadas después, la cifra se situó en los 5.560 millones. Pero la accesibilidad no es el único motivo de su pérdida de lustre: internet ya no es lo que era (y no habla la nostalgia). “En los años noventa, se percibía como un espacio de libre acceso a la información, discusión pública y construcción de relatos alternativos. Había una promesa emancipadora, pero esta ha sido, en gran medida, absorbida por grandes plataformas, intereses empresariales y formas cada vez más sofisticadas de extracción de atención, datos y deseo. Por eso ahora desconectarse puede parecer más avanzado que conectarse: porque estar online ya no representa necesariamente libertad, sino dependencia”, comenta el profesor.

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