Cómo hacer frente al sentimiento de culpa
Vuelvo a mi particular drama con esa (dichosa) camiseta negra. Intenté buscar una solución y, cosas del destino (creo en la justicia poética) conseguí que mi suegra diera con la camiseta. Corrí lo que no está escrito –nunca me ha gustado el running– para encontrarme con ella y que me diera la prenda que me convertiría en mejor madre. Al final, tras llamadas varias, algún que otro grito, unos cuantos pensamientos intrusivos, mucho sentimiento de culpa y una carrera por las calles de mi barrio, conseguí que mi hija tuviera la camiseta. Justo dos minutos antes de que empezara la función.
Esta vez, aparentemente, todo salió bien. Pero podría no haber dado con la camiseta y que hubiera tenido que hacer la exhibición sin ella. Y, la verdad, no hubiese sido tan grave como el drama que dibujé en mi cabeza. Pero claro, dile a una madre a la que siempre suele acompañarle el sentimiento de culpa que no pasa nada porque su hija fuera la única que no la tuviera. Como me explica Elvira Perejón, experta en neuropsicología y neurocrianza y autora del libro Educar con cerebro (Grijalbo), cuando ocurren estas cosas “el que peor se siente es el adulto responsable. Vivimos intentando llegar a todo y a veces se nos escapa y es normal que ocurra y que aparezca la culpa y esa sensación de haber fallado. Pero olvidar algo no te convierte en una mala madre o en un mal padre. Somos humanos y no inteligencia artificial”, afirma.
La importancia de validar las emociones de los más pequeños
Pero al mismo tiempo, la experta ahonda en cómo esos ‘despistes’ pueden afectar a los sentimientos de los más pequeños y, sobre todo, en cómo manejar esa situación. “Que esto sea humano no significa que debamos ignorarlo. Es normal que si ocurre el niño o la niña sienta tristeza, enfado o vergüenza porque los demás lo llevan y él o ella no. Lo primero que debemos hacer es acompañar la emoción de nuestros hijos, sin minimizarla. Es importante validarla. No hay que decir que no pasa nada, sino ‘veo que estás triste’, ‘entiendo que te hayas enfadado, esperabas otra cosa’… Y algo fundamental es asumir nuestra responsabilidad como adulto porque el error ha sido nuestro. Y, sobre todo, los niños también necesitan ver que pedimos perdón. Pedir perdón no nos hace perder la autoridad y enseña una herramienta emocional valiosísima a nuestros hijos. Los niños aprenden más de lo que ven que del discurso que le damos. Y así aprenden que las relaciones no son perfectas, que se pueden cometer errores y que se puede pedir perdón e intentar hacerlo mejor. Además, es una manera de buscar soluciones juntos, de ver qué podemos hacer la próxima vez. La reparación no es solo pedir perdón, sino tomar medidas como, por ejemplo, compartir toda esa información de los colegios con la pareja. O, incluso, con los niños si son más mayores, se les puede implicar en ello para que recuerden qué tienen que llevar. Cuando convertimos la organización familiar en tarea compartida reducimos la carga mental y fomentamos la autonomía. Es educar con cerebro”, afirma.

Más historias
El corte de pelo boho de Amal Clooney es el más favorecedor del verano 2026
Eva Ruiz, de la saga ‘Culpables’ a su segundo disco: “He descubierto formas más sanas de relacionarme. No tienes que sentir que te va a dar un ataque todo el día, ¿no?”
Rosalía ha llevado los tacones que juramos que no volveríamos a llevar jamás