Más que una novedad, se trata del regreso de una idea de feminidad que la historia de la moda ya ha celebrado en varias ocasiones. Desde la época de la Regencia hasta el célebre Delphos de Mariano Fortuny, creado en 1909, pasando por las interpretaciones contemporáneas de Issey Miyake, Alberta Ferretti y Dior, el vestido de superficie ondulada lleva más de un siglo contando una elegancia que renuncia a la constricción para situar el cuerpo en el centro. Y quizá no sea casualidad que vuelva precisamente ahora, después de años dominados por corsés y corpiños estructurados.
Las imágenes del reparto de La Odisea parecen contar exactamente eso. Zendaya, con un diseño de Alberta Ferretti; Anne Hathaway, con un plisado a medida de Prada; Lupita Nyong’o y Charlize Theron han abrazado una forma de vestir que cita el mundo clásico sin convertirlo en disfraz. Los vestidos se construyen a partir de pliegues, drapeados y tejidos que caen de forma natural sobre el cuerpo, evocando el peplo griego en una versión contemporánea. El resultado es refinado, esencial y sorprendentemente moderno: una sensualidad que nace de la naturalidad del movimiento, no de la construcción ni de la rigidez.
La belleza (y la comodidad) del vestido plisado con efecto arrugado
El vestido de efecto arrugado posee, en realidad, una cualidad que la moda parece haber olvidado durante un tiempo: acompaña el cuerpo en lugar de modificarlo. No ciñe la cintura, no endurece los hombros, no impone una silueta predeterminada. Son los propios pliegues los que crean profundidad, alternando luz y sombra en un juego de claroscuros que cambia constantemente al caminar. El tejido se vuelve casi vivo, sigue cada gesto y devuelve una feminidad discreta, nunca impostada.
Es una sensualidad distinta a la que ha dominado la última década. Después del gran regreso del corsé, de los cuerpos armados y de las siluetas de reloj de arena, el deseo parece desplazarse hacia una estética más suave. El cuerpo ya no tiene que ser corregido ni esculpido artificialmente, sino simplemente realzado. Incluso el sujetador pierde protagonismo: estos vestidos viven gracias a la ligereza de los tejidos, que acarician la figura sin necesidad de estructuras internas. Es una sensualidad sutil, casi susurrada, que no necesita artificios porque encuentra su fuerza en la naturalidad.

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