20/04/2026

Elísabet Benavent: “Yo quiero entretener. No quiero cambiarle la vida a nadie. Por otro lado, no sé quién ha dibujado los límites del término literatura”

Precisamente por ese bagaje sentimental, la valenciana ha querido poner el foco en su nueva novela en la búsqueda personal que atraviesa su protagonista, la citada Júlia Casanovas, una mujer que se ha instalado hace poco en la treintena y que arrastra consigo un profundo trauma consecuencia de haber crecido bajo el ala de una madre narcisista, controladora e imposible de satisfacer, en un ambiente familiar extractivo que, además, la ha despojado de las ganancias de sus sacrificados años como actriz. Cuando un improbable giro de guion hace que Casanovas tenga la oportunidad de volver a ponerse ante las cámaras –y de mudarse una temporadita a León, capital de múltiples encantos artísticos y gastronómicos–, el instinto le dice que está ante un momento definitorio para asentar su autonomía y comenzar a vivir en sus propios términos. No en vano, la crisis de la mediana edad y las amigas como tabla de salvación cuando todo lo demás se desmorona aparecen de forma reiterada en la prosa de Benavent.

“Me sigue interesando un montón el tema de la mujer en los treinta. Hay aún mucho que decir al respecto”, dice con evidente arrebato. “En esa década, estamos bombardeadas por un montón de obligaciones. ‘¿Quieres ser madre? Pues date prisa porque se te pasa el arroz’. ‘¿Quieres tener éxito profesional? Pues invierte en tu carrera y tómate en serio tu trabajo’. A la vez, tienes que tener una casa. Pero no una cualquiera, una instagrameable. Y, por supuesto, pareja, porque una mujer soltera en los treinta es una ‘fracasada’. Tenemos toda esa presión de género sobre nosotras cuando, en realidad, estamos intentando sobrevivir en un mundo cada vez más precario y en el que las relaciones cada vez son más líquidas”, reflexiona y sentencia: “Lo que nos salva es esa red de seguridad que constituyen nuestras amigas. ¿Por qué están de moda las ‘banderas rojas’? Porque en los espacios de discusión y de diálogo que hemos creado entre nosotras para compartir sin ambages nuestras vivencias es más fácil adquirir conciencia de nuestra propia realidad. El ya clásico: ‘Amiga, date cuenta’. Ese es el gran amor”.

En este contexto, no es de extrañar que la autora haya querido explorar el síndrome de la chica o niña buena, un concepto que, en tiempos recientes, ha empezado a cobrar relevancia en la conversación terapéutica. “En nuestra generación, a las mujeres a veces se nos ha enseñado a no poner límites a los demás para contentarlos. Y ahí es donde está el problema. No hay nada malo per se en querer satisfacer las expectativas de aquellos a quienes queremos, de la misma manera que esas personas querrán tu bien y tu felicidad. El conflicto se da cuando esas expectativas ajenas prevalecen siempre ante las propias”, comenta. “Doy gracias porque mis padres nos hayan educado en la idea de una independencia sana, de que el amor no debe partir de la necesidad, sino de la elección. Y, aun así, me ha costado, porque no solo es lo que bebes en casa, sino lo que espera de ti una sociedad que nos insta a que pongamos nuestra mejor cara. Que hagamos muy bien nuestro trabajo dentro de casa, pero también fuera de ella. Este tema me parece delicadísimo, yo no soy madre porque así lo he escogido tras una decisión muy meditada, pero, al margen de mis razones, observo que el hecho de tener hijos sigue pesando más para la mujer, cuando las elecciones tomadas en pareja se deberían secundar al 50 % por ambas partes”.

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