La violencia, la pobreza y el racismo están presentes a lo largo de toda la narración, pero no desde un lugar central, sino como un inevitable contexto que tiene un peso muy determinado en las vidas de aquellos que habitan en él. Sin embargo, pese a la carga de todo ese escenario atroz en el que la tragedia es parte de la vida cotidiana, la narración transita poco a poco hacia un lugar algo más luminoso de lo que cabría esperar en un primer momento. “Realmente el mundo no es así de horroroso, no puede serlo. Yo sentía que no podía regodearme en la miseria, todo lo que hay de violencia es contextual, mi novela trata sobre la amistad entre dos mujeres y yo necesitaba que hubiera solidaridad, fraternidad y sororidad, y que cuando el lector terminara de leerla pensara ‘todavía podemos hacer algo, hay esperanza de que no ganen los malos’. Porque así lo creo, aunque suene naif o cursi”, reconoce la autora.
El escenario de la novela, Mexicali, es otro de los protagonistas involuntarios de la narración ya que la naturaleza de ese lugar liminal determina en gran medida los anhelos de los personajes. La frontera que separa la ciudad mexicana de la población californiana de Calexico –un espacio que, sobre el terreno, son solo unos pocos metros– se convierte también en una suerte de limbo existencial. “Hay una especie de fantasía de que todo es mejor de aquel lado y no es así. Y los que vivimos aquí lo sabemos y vemos todos los días llegar a muchísimas personas con unos deseos muy grandes de cruzar la frontera porque en sus lugares de origen tienen unas vidas tremendas y están buscando lo mejor para sí mismos y para sus familias. Y saber que la gran mayoría de ellos no lo va a lograr… Y si cruzan, quién sabe cómo les va a ir del otro lado”, explica la autora. “Me interesaba que el escenario de la novela se convirtiera en una especie de personaje en sí mismo y para esto yo necesitaba caracterizarlo, y que fuera muy coral, muy polifónico y necesitaba mostrar su día a día –quién lo camina, quién lo habita–”.
Correa es optimista respecto al fértil momento que vive la literatura escrita por autoras, y las consecuentes elecciones que, como lectoras, hacemos, y que también tienen inevitablemente un sesgo de género de un tiempo a esta parte. “Las mujeres hemos escrito desde tiempos inmemoriales. Y, en términos históricos, hemos llegado a un momento en el que tenemos poder adquisitivo y de decisión, y lo estamos ejerciendo. Y [los hombres] van a tener que soportar”, dice explotando en una sonora risa. “Opino que [hombres y mujeres] vemos el mundo diferente. Sin victimizarnos ni nada, sí creo que nosotras tenemos la visión del subordinado porque históricamente hemos sido tratadas como ciudadanos de segunda clase. No lo somos, yo no me siento de ese modo, pero todas las estructuras del mundo están sostenidas así y observamos el mundo desde ahí. Claro que vemos el mundo distinto y sí, muchas escribimos mejor que los señores”, dice con sorna. Y apostilla: “En la carrera solamente leímos a tres mujeres, el canon era masculino, ¿cómo no vamos a tener un sesgo? ¿Cómo no vamos a rebelarnos contra ello ahora que podemos?”.

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