24/06/2026

Enrique Rey: “El verano aspiracional ya no es el del Mediterráneo. María Pombo y otras ‘influencers’ ahora dicen: ‘Quiero norte’”

Enrique Rey (Madrid, 1992) quería recorrer España a través de sus costas, pero el tiempo apremiaba –debía entregar su manuscrito cuanto antes y no tenía el dinero ni los medios para emprender esa aventura–. Su idea inicial consistía en hablar sobre los trabajos de verano, la arquitectura que define nuestro paisaje estival, e incluso entrevistar a los empresarios del sector hostelero. Al final, como tantas veces ocurre, esa idea fue descartada y dio lugar a otra y luego a otra. Pero aquellos testimonios –algunos, frente a frente; otros, mediante vía telefónica– ayudarían a dar forma a este libro mitad ensayo, mitad vivencia personal del autor, que se llamaría Melón con jamón (Temas de hoy, 2026).

Hoy, su publicación nos sirve como pretexto para charlar con el autor sobre esos meses en los que el calor nos deja como en un estado de letargo y en donde cualquier cosa es posible. Porque teorizar sobre el verano –y esa postal que la publicidad y el cine han creado; ahora lo hacemos nosotras a través de nuestras redes sociales– debería ser nuestra única ocupación durante esos meses de sandalias y vestidos cortos. Quizá también darse crema, bañarse, echarse una siesta y leerse un libro. O solo mirar alrededor y dejarse sorprender.

¿Cómo se crea la idea de verano?

Se empieza a veranear cuando surgen estas profesionales liberales alrededor del siglo XVIII, muy relacionadas también con el espíritu del capitalismo protestante. La gente está convencida de que tiene que trabajar y lo hace con ganas. Y por tanto también considera que se merece descansar. Eran veraneos muy largos: se iban a finales de mayo y volvían en octubre.

Así que empiezan a surgir los primeros balnearios mientras se desarrollan las primeras metrópolis; ciudades balnearios como la de Proust, en Cabourg (Francia), en donde el escritor pasa muchos meses. Y aparece esta idea de escapar del ruido de la ciudad durante unas días para sanar y descansar; incluso para recobrar fuerzas o para trabajar con más ganas.

Estos veraneos de las clases altas se sofisticarían mucho y en el siglo XIX surgirían los Grand Tours [el antecedente del Interrail], viajes que llevan a cabo sobre todo los británicos, que visitan casi siempre Italia, pero también España. Además, esta idea del verano coincide con el establecimiento de un par de categorías estéticas que tienen que ver con el mar como territorio sublime y deseado, y con la playa como un lugar bonito y pintoresco.

Hablas de la playa como invento; una mirada nueva sobre ese paisaje que también surge entonces.

Hasta el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, en muchas zonas, la playa era un sitio de trabajo para los mariscadores y los pescadores que no tenían barca, o para los carpinteros que trabajaban los embarcaciones a pie de arena. Entonces, la playa era un sitio de trabajo indeseable, un lugar cenagoso e incómodo. Hubo familias en los años 40 y 50 que, por machismo, les dejaron a sus hijos las tierras más alejadas del mar, que eran las buenas para los cultivos, porque eran menos saladas. Y a sus hijas las de primera línea de playa, que después fueron las más valiosas. Así que de alguna manera el tiempo ha ejercido una suerte de justicia poética.

Ver fuente