Actúa como un radar de conflicto y forma parte de circuitos implicados en el dolor físico y el dolor social. “Por eso, una opinión que desafía nuestras creencias puede sentirse, a pequeña escala, como algo que duele o amenaza nuestra identidad, aunque nadie nos haya insultado”, señala Ocaña y apunta que se activan otras regiones, como la amígdala y partes de la ínsula, estructuras cerebrales que participan en la respuesta de amenaza o miedo y en la percepción de malestar corporal, respectivamente. Después entra en escena la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC), encargada del control cognitivo, la planificación y la toma de decisiones, cuya función en este caso es decidir qué hacemos con esa información incómoda: ¿la escuchamos?, ¿la rechazamos?, ¿la cuestionamos?, ¿cambiamos algo?
Integrar una perspectiva opuesta tiene un alto coste para nuestro cerebro, subraya Ocaña:
Por el esfuerzo cognitivo que exige. Abrirse a una idea que contradice la propia obliga al cerebro a sostener dos modelos mentales a la vez —“lo que yo creo” y “lo que tú dices”—, compararlos y, si es necesario, actualizar creencias. Ese trabajo recae en la corteza prefrontal y supone un gasto energético elevado. “El cerebro es muy eficiente y tiende a ahorrar esfuerzo: si puede no entrar ahí, mejor”.
Por la incomodidad emocional que genera la disonancia cognitiva. Cuando una opinión cuestiona nuestra visión del mundo o de nosotros mismos, aparece un malestar interno que empuja a recuperar coherencia cuanto antes. Y eso no siempre implica cambiar de opinión. Muchas veces sucede justo lo contrario: buscamos argumentos para reafirmarnos. Es lo que se conoce como razonamiento motivado.
Porque muchas creencias están ligadas a la identidad. No son ideas aisladas, sino narrativas que sostienen quiénes somos y a qué grupo pertenecemos. Aceptar el punto de vista del otro puede vivirse —aunque sea de forma inconsciente— como una amenaza al sentido de pertenencia. El cerebro social, recuerda el neurocientífico, está especialmente orientado a evitar el rechazo y la pérdida del grupo.
Por la anticipación del conflicto. A veces no es tanto la idea en sí como lo que imaginamos que ocurrirá después: “Si le doy la razón, ¿me van a ver débil?”, “¿se abrirá un conflicto mayor?”. Esa expectativa activa circuitos de amenaza y favorece una reacción defensiva antes incluso de escuchar.
Escuchar opiniones contrarias enriquece
Por muy complicado que parezca, abrirnos a tolerar posturas opuestas a la nuestra, es imprescindible en entornos de trabajo, ya que como reflexiona la psicóloga Olga Albaladejo, el liderazgo inclusivo es el ingrediente que transforma la diversidad potencial en ventaja competitiva. “He trabajado con equipos directivos donde el líder creó deliberadamente espacios para el disenso constructivo. En uno de ellos, el director general implementó la figura del abogado del diablo y tenía el mandato explícito de cuestionar cada propuesta. Inicialmente, generó incomodidad, pero en seis meses habían identificado tres puntos ciegos críticos en su estrategia de expansión que, de no corregirse, habrían supuesto pérdidas millonarias”.

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