No me avergüenza contar que hasta hace un lustro no había pisado las Islas Canarias. En el último año, he estado cinco veces. Dicen que Lanzarote atrapa y a estas alturas ya nadie duda de que yo soy presa cautiva. Y como a mi alrededor todo el mundo es más que conocedor de mi obsesión con la isla del fuego, en la redacción me invitaron a compartir con nuestra audiencia mi fascinación y, en concreto, mi última visita al destino número uno de mi lista.
Cualquier momento del año es bueno para viajar a Lanzarote, así que después de haberme escapado en el puente de Todos los Santos y en Navidad, decidí volver el pasado marzo. Lo bueno de conocer este rincón de apenas 845 km2 es que ya sabes perfectamente a dónde ir. Lo malo, es que siempre toca llevar a alguien nuevo y visitar los imprescindibles que, como muchos ya sabrán, no son pocos.
¿Pero qué tiene este lugar para haberme reconciliado con el clima veraniego? Para empezar, precisamente eso, una temperatura templada que dista mucho de lo que en los últimos años implica la temporada estival en la península (con termómetros que a menudo pasan de los 30º). Aquí, el sol asoma todo el año con una media habitual de entre 20 y 25º, es decir: el paraíso.
Aún así, el plan de sol y playa nunca había sido algo que me atrajese del modo en que lo hace para mucha otra gente. Sin embargo, he aquí el gran secreto de Lanzarote: es perfecto tanto si te gusta la playa, como si no. Porque más allá de enclaves tan pintorescos y reconocibles como Famara o Playa del Papagayo, las atracciones turísticas son muchas y variadas. Por eso, aunque hayas estado una, tres o nueve veces, puedes sentir que es tu primera vez.


Más historias
Laura Sanz Corada, autora de ‘Galleteras’: “Espero que el libro pueda servir para que las trabajadoras se sientan reconocidas y puedan sentir una especie de reparación»
Ni melatonina, ni yoga: el ejercicio para estimular el nervio vago que me ayuda a dormirme cuando me desvelo
Este láser facial es el dispositivo más deseado para transformar completamente la piel