Lumière d’Issey de Issey Miyake, el perfume luminoso con aroma a flor de azahar
El término japonés hikari se traduce literalmente al castellano como luz, pero en Japón también alude a la manera en que esta se posa sobre las cosas y las transforma, alterando, a su vez, nuestra manera de percibirlas. Porque aún sin forma, la luz define todas las siluetas, condiciona cómo vemos el mundo y, aun así, sigue siendo incorpórea. Intentar capturarla ha sido la obsesión compartida de cineastas, arquitectos, pintores, y escultores; de artistas de todo tipo. Y también, claro, de perfumistas. Fabrice Pellegrin y Marie Salamagne, narices detrás de la nueva creación de Issey Miyake, se enfrentaban a ese desafío de convertir en tangible lo intangible con su última fórmula. Tras más de un año de trabajo conjunto, sus esfuerzos en el proyecto dieron sus frutos y Lumière d’Issey vio, valga la redundancia, la luz.
“En este nuevo perfume femenino de Issey Miyake hemos trabajado mucho la sensación de juventud, de radiación, de placer. Para nosotros hay un vínculo entre la luz y casi una forma de sonido, algo muy vibrante, como una especie de danza. No es un sonido real, claro, pero sí una sensación muy viva”, me explicaban los perfumistas, en el salón de la suite de un impresionante hotel del centro de Copenhague, durante el viaje de prensa en el que se presentó la fragancia a los medios internacionales el pasado enero. Como a propósito para la ocasión, la capital danesa estaba radiante aún estando en pleno invierno. “Para mí había una forma bastante evidente de expresar la luz: trabajar con la flor de azahar”, revelaba Pellegrin. “Tenía claro que esta materia prima era clave, porque transmite inmediatamente una sensación luminosa. Al fin y al cabo esta delicada flor necesita de la luz para desplegar todo su carácter; es una materia que cobra vida gracias a ella”.
Con esta premisa, los perfumistas trabajaron precisamente en elevarla para dar más intensidad y luminosidad a la composición, llevando la nota lo más lejos posible. El resultado se traduce en un juego de contrastes entre un acorde luminoso y floral –marcado por la flor de azahar y la mandarina verde– y una base más profunda, cremosa y texturizada, donde aparecen el pistacho y los almizcles. “Es ese contraste lo que permite crear luz. No queríamos algo excesivamente gourmand, sino más bien una forma de atracción: no tanto una adicción como un deseo”.
Esta dualidad olfativa –de certificación vegana y compuesta por ingredientes de origen natural– se aprecia también en el resto de éxitos de la marca: en el icónico L’Eau d’Issey de 1992, acuático y luminoso, que buscaba recrear la pureza del agua; o en Le Sel d’Issey, marino y amaderado, revelando por primera vez el aroma de la sal, materia inodora en su estado puro. En esta nueva composición femenina, Lumière d’Issey, esa idea de materializar lo que no se puede poseer se refuerza a través del frasco.

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