La soltería en el universo LGTBIQ+, el tabú que nadie vio venir.
Soy una persona muy impulsiva. Tanto que, hace unas semanas, cuando pensábamos cómo nos gustaría abordar el mes del Orgullo LGTBIQ+ en la redacción de Vogue España, me ofrecí a escribir sobre la necesidad de reivindicar la soltería dentro del colectivo como corresponsal oficioso de lo gay en la revista. Me he arrepentido unas cuantas veces desde entonces, sobre todo por la exposición personal que este texto supone. Pero ahora ya estamos aquí, en faena, así que allá vamos.
Quizá sea importante empezar por recalcar que lo queer no va de amar, va de ser. Me sacó de mis casillas aquel lema del World Pride celebrado en 2017. “Ames a quien ames, Madrid te quiere”. Esa era la consigna de la manifestación que se celebró bajo el gobierno de la progresista Manuela Carmena y nacía al calor del manidísimo “Love is Love”. Un diez en intención, un cero en ejecución.
En 2025, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la aprobación de la Ley del matrimonio igualitario en España, se multiplicaron de nuevo todas aquellas referencias al amor, a la pareja , en definitiva, a replicar los modelos heteronormativos para encajar en una sociedad en la que lo queer que *no se casa con nadie* (perdón) aún resulta desafiante. Y yo, que tengo 40 años y llevo más de dos décadas fuera de armarios, estoy profundamente cansado de toda esta historia.
Me pasé la veintena encadenando novios. Parejas en relaciones teóricamente monógamas –en fin, aventurar eso cuando eres insolentemente joven, guapísimo y enérgico es profundamente arriesgado– que encadenaba tras meses o años una tras otra. Chop, chop, chop. No había tiempo que perder ni dinámica heterosexual que no pudiera imitar: vacaciones en pareja, cenas a la luz de las velas, fiestas y, en definitiva, todo lo que socialmente habíamos interiorizado como normal, como aceptable. Antes de empezar a escribir esto tuve que mensajear a quien fue mi último novio oficial y al que quise con locura –sí, me llevo bien con todos mis ex– para cotejar fechas. Después de todo, me dedico a esto. Nos separamos en 2014; eso supone doce años de soltería. A mí me parece que es alguno menos, pero daré por buena su memoria, que siempre fue mejor que la mía.
Habrá a quien más de una década le parecerá una eternidad; a mí se me ha pasado volando. Eso no quiere decir que no haya tenido una lista bastante extensa de vínculos más o menos fuertes desde entonces con gente de aquí y de allá. Tampoco quiere decir que no haya estado presente en todas las aplicaciones y poco después haya salido espantado de ellas ante el mecanismo de consumo de cuerpos sobre las que se organizan, que no haya tenido flechazos o que no me haya vuelto medio loco de algo parecido al amor. Pero llevo más de una década oficialmente soltero y en los últimos tiempos, llegando al final de los 30, lo he convertido en algo parecido a una militancia. Y si es así, es porque el mundo sigue esperando que los hombres gais y las personas LGTBIQ+ entremos en esa cajita que no es más que otro escalafón del capitalismo en el que nos casamos, buscamos tener una familia y nos convertimos en la unidad que todo el mundo puede entender. Todo lo demás es auténtica disidencia y libertad, pero de la de verdad, no de la que se ha convertido en un eslogan.

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