Toda una vida pisando flores
Es domingo por la mañana y salgo a pasear con mi perra Greta. Me dispongo a llegar al mar andando. ¿De qué otro modo podría yo escribirle una carta de amor a Barcelona que caminando por sus calles? Además, poner los pensamientos en movimiento siempre será lo más importante que me enseñó mi madre. Antes de empezar a bajar, enfilo por las calles de mi barrio donde se entra a otra vida. Llego a las torres modernistas situadas a los pies de la montaña, en las que ya no vive casi ninguna familia. Ahora son clínicas de fertilidad, restaurantes y gimnasios. En esta zona tengo mis casas favoritas desde que soy niña. Cada una encierra una historia familiar, y como mínimo, una pérdida. Su arquitectura me conecta con quienes ya no están. Cruzo por el puente al que Carlos Ruiz Zafón le dedicó Marina. El barrio transcurre en silencio en esta mañana lenta. Los vecinos se desperezan, sacan a los perros, llevan prensa debajo del brazo. Hoy la mayoría de comercios permanecerán cerrados, menos mi florista, Rafa, uno de los seis hermanos con paradas de flores desperdigados por la ciudad.
Una de las cosas que más me gusta de Barcelona es su misma palabra. Imagínate vivir en una ciudad que no te gusta cómo suena, y por la que te veas obligada a repetirla incontables veces durante toda tu vida. Barcelona es una palabra rarísima, tan cercana, tan familiar para mí como puede serlo manzana o queso. Si la miro muy de cerca casi que puedo verme de niña, descubriéndola, cogida de la mano de mi madre. Me hace pensar en mar lejano y asfalto, plataneros y sudor, cielos rojos y gaviotas.
Conozco de memoria la duración de los semáforos de esta ciudad, la afluencia de los coches en según qué calles y qué horas, los árboles del amor y su momento de ponerse en flor. Adivino la llegada de la primavera solo mirando el cielo y la forma en la que la luz se posa en los edificios de enfrente. En una palabra, Barcelona es el lugar del que no tengo que huir. Y aún así, si me pides que la describa, siempre me quedo un poco muda.
¿Qué es Barcelona? Está tan arraigada en mí que no sé dónde termina ella y dónde empiezo yo. Pero si hablamos de arraigo, son mis pies, lo último que salió del cuerpo de mi madre, lo que me conecta con Barcelona. Si trato de ponerla en un mapa, diría que la mía empieza en las montañas, en los pinos y encinas que envuelven y protegen toda la ciudad. Y pensaría que termina en el mar, el único final posible, trágico, imbatible. ¿Puede que el mar haya sido el único capaz de poner una barrera a su belleza?
Es en medio de estos dos extremos, mar y montaña, donde se ha dado toda mi vida. Podría crear un mapa emocional solo señalando sus barrios. Les Tres Torres, el barrio donde nací. Les Corts, donde di a luz a mi hija. El Carmel, siempre en pendiente, casi laberíntico, allá donde se dio una amistad para toda la vida. La Sagrada Familia, el eterno proyecto inacabado, donde mecí a mi hija hasta conseguir dormirla. El Raval, con su luz tan rectilínea, el último hombre malo. Siempre he pensado que los barceloneses no nos movemos mucho de nuestra zona porque gran parte de la ciudad está en desnivel. Eso hace agradecido andar de arriba abajo. En menos de lo que dura un latido, estoy en pleno corazón de Gràcia. Su arquitectura recuerda más a un pueblo que a una ciudad: casas bajas, balcones floridos, abarrotados de objetos y una comunidad que se teje en sus plazas. A estas alturas de la ciudad, me vuelve la pregunta imposible: ¿cómo sería todo si viviese aquí? ¿Me vestiría distinto?

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