11/08/2026

‘Hoy hemos quedado’, un relato de Sara Barquinero

Hoy hemos quedado, por Sara Barquinero

Este relato de Sara Barquinero forma parte de la serie ‘Pasajes de Esperanza’, publicada en el número de diciembre 2024 de Vogue España.

…justo después del trabajo, una mierda, no me dará tiempo a cambiarme. Debajo de mi casa. A las ocho. En el Retiro. Por Skype, quiere asegurarse de que soy real. Donde siempre. Dudo, pero al final solo me pinto los labios. No me maquillo, solo me plancho el pelo. Hacía mucho que no me arreglaba tanto, quizás me pasé. Me visto como si fuera a salir a la calle, y también ordeno la casa y encierro al gato. El bar lo ha elegido él, pero llega tarde. Voy justa. Llega tarde y se disculpa. Llego tarde. Llego tarde. Llego tarde. A él no le importa, se levanta del sofá y me da un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Me da tiempo a beberme media cerveza antes de que aparezca, mejor, así me tranquilizo. La distingo a lo lejos, pero dejo que sea ella quien me encuentre. No sé qué me da más miedo, que no me guste él o no gustarle yo. Me dice que no pasa nada, pero que nos demos prisa. Debería haberme quedado en casa. Debería haberlo pospuesto. Deberíamos haber quedado en otro lado. Debería haber cancelado la cita, últimamente he tenido demasiadas. ¿O es mejor que el gato pueda entrar y salir si quiere? Está guapo, con la cabeza recién afeitada. Está bien. Huele a aftershave. Es feo. Está muy delgada. Es guapo, pero tímido, mi tipo favorito de hombre. No es tan atractivo como lo recordaba, pero sí muy simpático, no deja ni un instante de silencio desde que me siento a su lado. No se ha esforzado tanto como yo: habitación mal iluminada, quizás esté en pijama. Solo nos da tiempo a intercambiar dos frases antes de entrar en la sala; parece simpática aunque un poco hastiada, como si todo fuese un mero trámite. Creo que de normal nos abrazamos cuando nos vemos, pero esta vez nos quedamos a dos pasos del otro, sonriendo con incomodidad. No es mala forma de conocer a alguien, saber cómo se comporta en el cine, si mira o no la hora. Está más asustado que yo. Está nervioso. Está demasiado acostumbrado a esto. Me pregunta ‘qué has hecho hoy’ con una voz monocorde y sin saludar antes siquiera, de hecho no mira demasiado a la webcam. Nos quedamos callados, mirándonos por encima de las jarras, y nos reímos con timidez. Qué más da, yo también lo estoy: contesto las preguntas de siempre como siempre las contesto, y puede que él haga lo mismo; lo que sabemos el uno del otro avanza demasiado rápido, al igual que mi consumo de vino blanco. ¿De qué solíamos hablar? Probablemente de sexo, pero con otros. La película es tan larga que se me olvida cómo suena su voz. Tiene muchas opiniones sobre la exposición, o quizás solo quiere recordarme que es inteligente. ‘¿Un quinto’, dice, y yo asiento, aunque necesitaré mucho más que eso. ‘¿Vamos a cenar?’, propone, y lo cierto es que me muero de hambre. ‘¿Quieres uno?’; no suelo fumar pero lo acepto. ‘No estoy muy acostumbrado a esto’, confiesa, y eso me encanta. ‘¿Pasamos a cubata?’, propone, y eso rompe el hechizo, si es que acaso había alguno. ‘¿Qué experiencia tienes con chicas?’, pregunta de golpe, la única cosa que me ha preguntado desde que nos encontramos. ‘Nada’, digo, y es cierto, no he salido en todo el puente. Hablamos de los dibujos animados de nuestra infancia. Hablamos del artículo que está escribiendo. Hablamos de música. Hablamos de sexo. Apenas hablamos, colgamos enseguida. Miento y le digo que no mucha, como si hubiera alguna, y ella suspira con hastío, vuelve a sacar su teléfono para escribirle a alguien más interesante, más guapa o al menos más experimentada que yo. Estoy deseando que me bese, pero no creo que lleve la iniciativa. Estoy deseando irme, pero me dejo arrastrar. Estoy deseando llamar a Martina y contárselo todo. Es más guapo que yo. Es agradable. Es como siempre. Es idiota. Es exactamente el tipo del chico con el que me imaginaba saliendo cuando era adolescente y me pasaba las tardes leyendo novelas de fantasía o tragándome temporadas completas de Crónicas vampíricas. Cuando vamos por la tercera, confiesa: ‘siempre me has gustado’, y yo me río como una cría y le digo que cómo es posible, si apenas nos conocemos. No sé por qué, pero me siento excitada. No sé por qué, pero me siento valiente. No sé por qué, pero me siento sucia. Más pequeña que lo que soy, como en esos primeros besos fuera de una discoteca light en los que nunca sabía qué hacer con la lengua. Coqueta. Podemos ir a mi casa, sugiere, y de repente la idea de que me toque me asquea, pero me descubro aceptando. Podemos vernos cuando vaya, propone, y me alegro de que sea el primero en escribir, pero también de que esté lejos. Podemos ir a bailar si quieres, y nos imagino meneándonos con incomodidad sin mirarnos a los ojos. Podemos ir a otro sitio. Podemos pasear. ¿Podemos besarnos?, pregunto, porque ni me atrevo a acercarme ni quiero dejar que el momento pase. Vale, digo, al menos tendré una buena historia este fin de semana. Ya veremos, contesto, después de mirar cinco minutos la pantalla del teléfono. Sí. No, quiero beber más. Sí, y me río como una estúpida. Sí. Sí. No. Vale. Creo que esta vez he acertado. Creo que va demasiado rápido. Creo que solo me siento sola. Voy demasiado deprisa, pero está dispuesto a aguantarlo. Se quita el jersey, está delgadísima y baila como si no la mirase nadie. Sus labios son suaves y su lengua áspera, el pelo de sus mejillas raspa las mías y eso me excita aún más. Su silencio es cruel. Su charla es insoportable. Mis balbuceos deben resultarle tiernos, porque me coge la mano. Vamos a mi casa, dice. Quítate la ropa, y saca un bote de lubricante. Está bien, perdona si te he molestado. Me atrevo a pasar la mano por su pecho y entonces él suspira y deja de besarme: hay algo que tienes que saber, dice, vaya sorpresa, las cosas nunca pueden salir bien a la primera. No me duele cuando me la mete, pero tampoco siento nada, como si me introdujera un puerto USB. Me abraza por la espalda y es estupendo, justo como me imaginé que sería. ¿Quieres una relación? ¿Quieres algo de comer? ¿Quieres que te avise? ¿Quieres que te escriba? ¿Quieres venir a mi casa?, dice, y yo le digo que mañana tengo que madrugar, lo cual es cierto, pero ella alza una ceja con escepticismo. ¿Quieres ir a otro lado? No sé qué responder, de repente estoy incómoda. Yo tampoco, contesta, riendo, y seguimos besándonos hasta pasada medianoche, cuando él dice ‘tengo miedo’. ¿Estás segura de esto? Sí. Sí. Sí, Sí. Sí, aunque es mentira. Acostarse con él es demasiado natural, como si no fuera la primera vez. Su piel es áspera y seca. Su cabecita rapada me recuerda a la de un niño, y no sé qué significa eso. Lo único que tenía para comer eran Tucs, y me dice que puedo quedarme a dormir, señalándome una camisa sudada tumbada en el suelo: entonces decido que quiero marcharme. Prefiero dormir solo, dice, justo cuando estoy a punto de acurrucarme en su pecho. Vuelvo a casa caminando. Vuelvo a casa en metro. Vuelvo a casa en taxi, y lloro en el asiento trasero sin saber por qué. Vuelvo a casa muerta de vergüenza, aunque de qué, ante quién. Vuelvo a la cama y apago el teléfono. Me siento bien. Me siento mal. Me siento estúpida, ¿cuándo demonios aprenderé a estar sola? Una caricatura de mí misma. El personaje de una sitcom. Entonces escribe, cuando ya creía que no iba a hacerlo: ‘nos vemos pronto, ¿no?’; y yo digo que sí. Esta vez será diferente.

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