12/06/2026

Ian de la Rosa: “Hay que cuidar las diferencias y las necesidades de los distintos colectivos, pero en el fondo la gran lucha es la de clases”

En aquel Farrucas, Ian de la Rosa contó en formato corto la realidad de una pandilla de mujeres hispanomarroquíes que viven en un barrio periférico de Almería capital y consiguió una nominación a los Goya. Ahora sigue explorando en Iván & Hadoum la realidad de los que habitan los márgenes. En esos márgenes también está lo queer. “Todas las luchas van juntas. Hay que cuidar las diferencias y las necesidades de los distintos colectivos, pero en el fondo la gran lucha es la de clases. Ahora lo vemos más que nunca. Ese es uno de los problemas de la izquierda, cómo se ha distanciado de la gente, de la clase obrera. La clase obrera tendrá que pensar qué vota porque no somos niños pequeños, somos adultos y tenemos que saber”, reflexiona el director. “Hay una parte de responsabilidad en ese distanciamiento, esa nube teórica que no es capaz de aterrizar en la mente, el corazón y las necesidades de la gran mayoría”.

En el filme hay cierto drama, pero no uno que atraviese la realidad trans de Iván, carismático y muy querido por su familia. “El personaje, cuando empieza la película, ya ha pasado por ciertos momentos que la cinta no trata. Seguro que ha habido un tránsito y un proceso con la propia familia para que se lleven así ahora”, explica el director. “Ese no era el centro de la película. Aparte de toda la deuda que el cine tiene con los cuerpos trans y la representación –el trans masculino es prácticamente inexistente– , sentía la necesidad de plasmar lo que veo en los demás. Desafortunadamente no siempre es así, pero España está muy bien en cuanto a apoyo familiar. El conflicto aquí estaba en otro lado, además de personas trans somos muchas otras cosas”, continúa. “Amar a quien amas, publicamente, sigue siendo complicado y para muchas personas casi un acto revolucionario. ¿Cómo es posible que en 2026 no puedas amar a quien sea?”.

Ese amor, el que se da entre los protagonistas, cristaliza en unas imágenes sexuales explícitas y potentísimas. “La coach de intimidad era la misma coach de interpretación, Mar Isern, y fue la que llevó todo el acting. Fue quien les formó”, introduce De la Rosa. “Por un lado, las escenas de intimidad se trataron como una parte más integrada en la interpretación porque en guion ya se había tratado de ese modo: eran escenas de sexo narrativas en las que se contaba algo sin palabras. Se accedía a lugares íntimos de la pareja y se consolidaba a través de esas escenas. El espectador sentía que algo había cambiado”, menciona.

“En las audiciones, durante el primer encuentro con Marichu Sanz, que es la directora de casting, se decía que había un desnudo integral y si la persona tenía problemas con ello le contábamos que no era negociable. Era, otra vez, una deuda saldada porque el público no ha visto cómo a un hombre le comen el coño y que él no tenga ningún problema”, expone. “Otro gran cliché de las historias trans es el problema con los genitales y tenía muy claro que no quería eso, quizá por una experiencia propia y por pensar que el género no está entre las piernas”.



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