En muchas de tus pinturas, el cuerpo femenino se funde con la naturaleza, con flores o paisajes. Ahora que eres madre, ¿ese vínculo entre el cuerpo y lo vivo resuena de manera diferente en ti?
Antes, la fusión entre el cuerpo y la naturaleza era una exploración estética; hoy es una realidad física. La maternidad es una experiencia biológica, un ciclo de creación permanente que hace eco a las estaciones, a la tierra, al crecimiento. Mi relación con la naturaleza se ha vuelto aún más carnal, más visceral. Es una conexión que ahora está inscrita en mi carne.
¿Cómo ha reorganizado la maternidad tu relación con el trabajo y con el tiempo?
Es todavía muy reciente, así que no sé qué va a cambiar concretamente. El embarazo me ha impuesto una lentitud, y paradójicamente, ha hecho que mi práctica sea más espontánea, más directa, porque aprendí a soltar el control total para aceptar los imprevistos, así que, por otra parte, también me ha enseñado un poco a tener más paciencia.
Has colaborado con Nike, Fred Perry, Levi’s y Amélie Pichard, entre otros. ¿Cómo navegas la frontera entre el arte y la moda sin perder tu voz? ¿Y cómo eliges tus colaboraciones?
Mis reglas de oro para las colaboraciones son que tengamos la misma alineación de valores, y, por supuesto, la garantía de una libertad casi total. Solo elijo marcas con las que comparto una estética o una ética. La última colaboración que me maravilló fue el Lady Art con Dior, un encantamiento de principio a fin.
Desde tu primera exposición en Los Ángeles en 2017 hasta Almine Rech en Miami en 2024, tu universo ha recorrido muchas ciudades y muchas miradas. ¿Qué ha cambiado en tu pintura —y en ti— desde aquella primera exposición?
Desde 2017, la evolución que he tenido ha sido más bien la de una toma de conciencia radical y una navegación en un mundo nuevo. Siempre he tenido esa convicción profunda, esa necesidad visceral de tener que renovarme y evolucionar, lo que realmente descubrí en el camino es la realidad del mundo del arte contemporáneo, que no se lleva muy bien con la idea de libertad y renovación. De hecho, intento ponerme anteojeras para que la intuición y el instinto todavía puedan hacerse oír. Con el tiempo tuve que aprender a descifrar los juegos económicos, las estructuras de poder y, sobre todo, ese gran teatro social que no tiene mucho que ver con la pintura.
Comprendí que el éxito y la visibilidad implican una mecánica compleja. Entendí que la madurez no es solo dominar el propio lenguaje, sino asumir la propia multiplicidad frente a las expectativas a veces reduccionistas del mercado. Hoy trabajo observando a los artistas que amo y que son infinitamente libres en su vida y en su proceso, sin preocuparse demasiado por el gran relato.

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