03/08/2026

La maleta de verano que solo entenderás si tus vacaciones son en el pueblo

Solo admito vacaciones estivales en el pueblo y estos son los indispensables que siempre se cuelan en mi maleta de verano

Hay quienes se organizan para irse un mes a Bali, moverse por Tailandia, un road trip por la Costa Oeste de Estados Unidos o cualquier destino que acumule suficientes guardados en Instagram como para justificar un mínimo de 6 horas de vuelo. No es el caso de la que escribe estas palabras que si tienen que buscarla el mes de agosto en algún lugar no deben perder el tiempo porque es tan fácil como acudir al pueblo directamente. Hace ocho años hice la maleta para mudarme a Madrid para estudiar. Desde entonces, he aprendido a querer la ciudad, a sobrevivir al metro en hora punta y a normalizar que todo ocurra deprisa. pero hay una costumbre que no ha cambiado: veraneo en mi pueblo, nada de grandes urbes ni de playas paradisíacas.

Siempre que el trabajo me lo permite, agosto tiene una dirección única: Huéscar. Un pueblo granadino de apenas 7.000 habitantes donde nací, crecí y a donde espero seguir volviendo toda la vida. Porque el pueblo de una tiene algo que ninguna ciudad ni ningún resort de cinco estrellas puede ofrecer. Allí el tiempo se mide por las campanas de la iglesia mayor, por la hora a la que está mesa puesta en casa de tus padres, a la que quedas con tus amigos para salir con la bici o por el momento en el que las sillas empiezan a salir a las puertas preparadas para hacer barrido de todo lo ocurrido durante el día. No existen las prisas –o al menos nada comparable con la gran ciudad–, ni los itinerarios –apenas hay que escribir un whatsapp al dueño del bar de toda la vida para que te guarde una mesa, cuando llegues ya verás cuántas sillas colocar–, ni la necesidad de hacer cosas constantemente. El mejor plan puede ser ir a comprar el pan y tardar una hora en volver porque te has cruzado con media familia por el camino.

Por eso mi maleta nunca se parece a las que veo por TikTok antes de las vacaciones. No necesito diez vestidos para cenas frente al mar ni sandalias que solo funcionan sobre el suelo impecable de un hotel. La maleta de verano para el pueblo responde a otras reglas. Las que entienden que siempre refresca cuando cae el sol, que unas zapatillas cómodas valen más que cualquier tacón y que un vestido blanco puede servirte para bajar a comprar hielo, para una comida familiar o para terminar bailando en la verbena de un pueblo a siete kilómetros de casa. Esta es la guía definitiva que esta humilde servidora sigue a rajatabla a la hora de hacer su maleta cada verano para que siempre acabe siendo el mejor de su vida.



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