Esa pasión se cimentó en su adolescencia, cuando su ropa empezó a reflejar su identidad y a servirle a su vez de vehículo creativo. Rebuscaba en las tiendas de segunda mano en busca de piezas que luego customizaba para quemar la pista en Tracks, el legendario club LGTBIQ+ de su ciudad natal. Aun así, la idea de estudiar arte o moda ni le cruzaba la mente. “Debe ser que al criarme entre profesores y activistas –justifica–, no me parecía que la moda me fuera a ayudar a contribuir al mundo al nivel al que yo aspiraba”. Finalmente se matriculó en la Universidad de Brown, se especializó en Educación y Estudios Latinoamericanos, y tras graduarse en 2002, consiguió un puesto de profesor en una escuela concertada de orientación progresista en Oakland. “Fue muy fuerte”, dice. “Los chavales eran increíbles, pero había casos de aborto, problemas de violencia, de identidad, mucha tragedia y muchas hormonas. Demasiada tela”.
En 2004, se mudó a Nueva York, y gracias a su amigo Trevor Ballin, también diseñador, entró como aprendiz –su primer trabajo en la moda– en el taller del modista Rogelio Velasco. “Me ponía a cortar la organza, a coser o a supervisar los fittings”, cuenta. Por entonces encontró un pequeño estudio –puerta con puerta con Ballin– en la Christopher Street del West Village, justo encima de un videoclub de cine porno. El barrio, a principios de los 2000, era mucho más transgresor de lo que es hoy y sus calles, pegadas al río Hudson, atraían su buena cuota de juventud gay, trans y no binaria, lo que garantizaba no solo un emocionante sentimiento de pertenencia sino también una auténtica pasarela caleidoscópica con solo asomarse a la ventana. “Era un lugar muy inspirador”, recuerda Ballin. “Vivíamos rodeados de gente muy joven que no dejaba que nadie dictase su estilo”. Manhattan, sin embargo, fue apenas una parada fugaz en el camino hacia el que en realidad sería su verdadero sueño: trabajar para Nicolas Ghesquière en el atelier parisino de Balenciaga.


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