01/07/2026

Las películas que somos: ‘El cine de terror que nos cuenta’, por Desirée de Fez

Nunca he dudado de la capacidad del cine de terror para capturar el ánimo de los tiempos. Ni de lo importante que ha sido a nivel personal para mí, de lo mucho que me ha servido para entender mis temores más profundos. He hablado y escrito mucho sobre ambas cosas, quizá demasiado. Hasta el punto de temer que mi tesis sobre la naturaleza reveladora, catártica y terapéutica de las películas de miedo se hubiera desgastado, hubiera perdido su sentido, de tanto pensarla y exponerla. ¿De verdad el cine tiene esa capacidad? Por suerte, la coincidencia en el tiempo de dos películas de terror ha vuelto a recordarme que el cine siempre es sabio, que siempre está un paso por delante. Y el de terror, en concreto, es listísimo, además de experto en sacudirnos. Este 2025 se han estrenado Devuélvemela y Weapons, y ambas me han atravesado.

Llevaba tiempo sintiendo que el cine y la literatura actuales le tenían cierto miedo a la infancia. Que, de algún modo, esquivaban una mirada profunda a la niñez y, sobre todo, a cómo nos relacionamos los adultos con ella. Evidentemente, había excepciones a mi teoría: no se me ocurre novela reciente más comprometida con la infancia y crítica con nuestra incapacidad de entenderla que República luminosa (Anagrama, 2017) de Andrés Barba. Si queda alguien aquí que no la haya leído, que vaya directo. Pero, por lo general, tenía la sensación de que cineastas y escritores pasaban un poco por encima de ella, de que la evitaban de un modo tal vez inconsciente o la abordaban desde ángulos nostálgicos y, por lo general, amables. Este año, sin embargo, se ha hecho evidente que eso ha cambiado, y no solo desde el cine de terror. El estreno de la serie de Netflix Adolescencia, que ha tenido un alcance espectacular, y el de La tutoría, debut del noruego Halfdan Ullmann Tøndel (nieto de Liv Ullmann e Ingmar Bergman), son buenos ejemplos. La primera va sobre un niño de 13 años acusado de asesinar a una compañera de clase. En la segunda, una mujer acude al colegio de su hijo de 6 años porque, le informan desde dirección, el niño parece haber traspasado ciertos límites con otro alumno. Ambas propuestas miran frontalmente a la infancia, sin miedo y manejando materiales muy delicados, desde los ojos de unos adultos paralizados por el desconcierto y el miedo.

¿Por qué ahora? ¿Por qué el cine ha decidido justo en este momento dar un paso adelante y poner el foco sobre lo que nadie se atrevía a mirar? Es imposible saberlo. Pero sospecho que vuelve a tener que ver con esa tesis que últimamente sentía oxidada y ahora cobra otra vez sentido para mí. El cine nos cuenta, nos refleja. Nos cuenta y nos refleja en relación al contexto, a la época que nos ha tocado vivir. Y parece ser consciente de que nuestra preocupación ya pedía con urgencia un espejo en el que mirarse para reaccionar, pedía una catarsis. Si estos últimos años no hemos mirado a la infancia a los ojos desde la ficción quizá haya sido por miedo, por no querer que nos confirmaran desde la pantalla lo que todos sabemos: que estamos aterrorizados por dos cosas. La primera, el efecto que puede tener sobre los más jóvenes vivir en un presente tan desconcertado, preocupado y ansioso como este. Más aún teniendo en cuenta que muchos de estos niños y adolescentes, no hace mucho, pasaron por una pandemia. ¿Cómo no les vamos a contagiar nuestro malestar? La segunda, nuestro miedo como adultos a no saber qué hacer con todo esto, a que se nos disparen la ineptitud y la culpa, a no tener herramientas ni individuales ni colectivas para ayudarles. Tal vez por todo esto hayamos pasado tanto tiempo mirando hacia un lado desde lo creativo, tratando de forma vaga, apenas insinuando, una de las cosas que más nos preocupan a todos. Y nos preocupan porque son niños, porque son adolescentes y porque son el futuro, si es que el futuro como lo entendíamos aún es posible.

Por suerte, la capacidad de reacción del cine es mayor que la nuestra, y tiene la virtud de ponernos frente al espejo cuando más perdidos (o vencidos) estamos. A menudo nos adelanta, tiene el don de convertir en imágenes las cosas que nos preocupan antes de que seamos capaces de reunir las palabras y la fuerza necesarias para compartirlas. En relación a esto, a mí me han sacudido especialmente las dos películas que citaba al principio: Devuélvemela y Weapons. Las dos me han confirmado lo preocupados que estamos por la infancia y por la imposibilidad de ponérselo todo un poco más fácil. Noto esa desazón cuando hablo de ello con mi pareja, con mi familia, con mis amigas, con los profesores de mis hijos. Son dos películas que no se parecen en nada, o en casi nada. Devuélvemela, de Danny y Michael Philippou, es una película sobre el duelo. Weapons, dirigida por Zach Cregger, tiene mucho de retrato codificado de los Estados Unidos del presente. Pero ambas ponen el foco en los niños con una decisión y una virulencia que nos recuerdan lo mucho que nos preocupan. También lo mucho que nos angustia y alarma la posibilidad de fallarles como individuos y como sociedad.

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