La apuesta de la primavera 2026 se inclina más por el guardainfantes que por el verdugado. Cambiar esa silueta polisonada por una que ofrece volumen a los lados de la cadera es una máxima absoluta sobre la pasarela a la que nos han acostumbrado firmas como Simone Rocha. El año que viene puede encontrarse en Giambattista Valli, Bevza o en las faldas aterciopeladas de Alaïa. Los volúmenes más exagerados son quizás los de John Rogers, muy en la línea con el retrato de Estado que pintó Velázquez de Mariana de Austria. La segunda esposa de Felipe IV acababa de dar a luz a su primera hija, y el pintor la inmortalizó vistiendo de negro y plata sobre un majestuoso guardainfantes.
Este armazón con aros se puso de moda en la corte hacia la década de 1630, inspirado por una pieza de origen francesa que había caído en desuso en el país vecino (donde primaba una silueta más natural). Según cuenta la historiadora Amanda Wunder en La moda española en la época de Velázquez, podría haber sido introducido en la corte española por las compañías teatrales ambulantes: “El nuevo estilo debutó en los escenarios españoles en el otoño de 1634, en una sátira de Luis de Quiñones de Benavente llamada El guarda-infante” comenta en su libro. Cuando Mariana de Austria se casó con Felipe IV, el guardainfantes ya estaba instaurado: fue con Isabel de Borbón, primera esposa del monarca, con quien se pusieron de moda. Según Wunder, el primer cambio documentado en sus verdugados data de 1638, cuando se empezó a incluir ‘caderas’ que añadían volumen a los costados del verdugado.
En el caso de Isabel de Borbón, la connotación del guardainfantes no puede ser más política: a pesar de haber nacido en Francia, tardó en adoptar esta moda, precisamente porque su marido se encontraba entonces en pleno enfrentamiento con su hermano, el soberano Luis XIII. A comienzos de 1640, que perdiese fuerza la prohibición de su uso fue beneficioso para su propia imagen. ¿El motivo? Entre 1642 y 1644 Felipe IV pasó varios meses en campaña en Aragón, y ella tuvo que ponerse al frente del gobierno en Castilla. Eso se tradujo en vestidos completamente negros, con adornos de estilo militar y amplias faldas sobre grandes guardainfantes. Un ‘power dressing’ en toda regla que podría compararse con las hombreras ochenteras de Margaret Thatcher: “En la cima de su poder, Isabel de Borbón estaba ocupando más espacio que nunca”, escribe Wunder.

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