24/06/2026

Llevé una dieta alta en proteínas durante 2 semanas y así cambiaron mi piel y mi cuerpo

Lo que me convenció (y lo que no) de llevar una dieta alta en proteínas

Ah, las proteínas. ¿Alguna vez un grupo de alimentos ha experimentado semejante cambio de imagen? Este macronutriente, que antes era sinónimo de las claras de huevo y el pollo licuado de los deportistas, ahora es el favorito de todo el mundo, desde nutricionistas hasta TikTokers de la Generación Alfa, pasando por madres que preparan batidos de proteínas para sus hijos pequeños (y para ellas). De hecho, la fiebre de las proteínas se ha acelerado tanto que se ha dado la vuelta a la pirámide alimenticia y, como no podía ser de otra forma, las proteínas ocupan el primer lugar.

Pero ¿qué pasa con las proteínas? ¿Por qué no puedo escapar de esta palabra ni en 2026, cuando otros términos como «fibremaxxing» y «semillas para las orejas« también compiten por nuestra atención? Bueno, resulta que hay razones de peso: según los expertos, las proteínas son esenciales para la reparación de los tejidos, los beneficios para la piel, el envejecimiento saludable, el equilibrio hormonal, la regeneración muscular y para mantenerse saciado durante más tiempo. «La mayoría no consumimos suficientes proteínas«, nos explica la bioquímica Jessie Inchauspé, también conocida como Glucose Godess. «Necesitamos aproximadamente un gramo de proteína por cada kilo de peso corporal».

Todo eso suena muy convincente. Aun así, me gusta comprobar las cosas por mí misma antes de empezar a evangelizar (ya experimenté con los 2,5 litros de agua al día, subsistir a base de caldo de huesos o aficionarme de verdad al aloe vera). Con ese fin, para empezar el año, decidí seguir una dieta alta en proteínas durante dos semanas para ver qué pasaba. Y aunque no conté ni medí religiosamente el contenido de proteínas, me propuse ingerir entre 75 y 90 g de proteínas al día (un poco por debajo de los 100 g de proteínas que la nutricionista Emily English consume cada día).

Días uno a cinco

La primera semana fue la más fácil. No necesitaba que me convencieran para empezar el día con dos huevos sobre una tostada de pan integral con mantequilla y una pizca de queso, y esperaba con impaciencia las sobremesas, cuando podía comer pollo en diferentes formatos (pollo con gochujang y arroz, pollo con limón y hierbas y puré de alubias, pollo jerk con judías verdes y más arroz). Al quinto día, sin embargo, me cansé del pollo y me fui a comerme una de las mejores hamburguesas de ternera que recuerdo (con unos 20 g de proteínas), seguida de lo que era básicamente un profiterol gigante (no muy «proteico» por mi parte, ¡pero contenía lácteos!).

Días 5 a 10

En esta etapa noté dos cosas. Una era que ya no quería ni pollo ni huevos (estos últimos, sobre todo, empezaron a darme grima. ¿Qué narices son esas cosas, en serio?). La otra era que empezaba a sentirme un poco… densa. Como una roca humana. Y también aburrida. Me di cuenta de que quizás estaba enfocando mi dieta alta en proteínas de una forma poco imaginativa y uniforme. Así que empecé a optar por comidas basadas en otros tipos de proteínas, como el salmón, las gambas, los garbanzos, el queso feta y las lentejas, con mucho yogur griego de acompañamiento (nunca me pillaréis comiendo queso cottage). En una ocasión, preparé un curry malayo repleto de berberechos (una fuente de proteínas infravalorada). Me di cuenta de que una dieta rica en proteínas no tiene por qué implicar comer como un novio de la manosfera. Las dietas ricas en proteínas también pueden incluir mucho color y fibra. Gracias a Dios.

Días 10 a 14

Ahora que había mejorado la variedad, mi dieta rica en proteínas no solo era más llevadera, sino también más agradable. También empecé a notar algunos de los beneficios, tales como: nunca, (literalmente nunca) sentir hambre entre comidas; tener una reserva decente de energía al final de un día de trabajo; dormir toda la noche; y ni rastro de granos en la cara. Comía menos a lo largo del día, pero de forma más eficiente, lo que significaba que no me entraba hambre al azar a las 11 de la noche y asaltaba la nevera en busca de extraños bocadillos de queso. Tampoco tenía que luchar contra el bajón de las 4 de la tarde metiéndome un puñado de gominolas en la boca; de hecho, el bajón nunca llegaba.

Una cosa que debo decir es que, aparte de algunos paseos a paso ligero, no hice mucho ejercicio durante este tiempo, lo que probablemente no fue lo ideal. Me resultaba extraño estar comiendo tantos alimentos que aumentan la masa muscular sin, ya sabes, aumentar la masa muscular. También hubo momentos en los que literalmente me apetecía pasta con aceite de oliva o una ensalada pequeña y no quería ni ver otra comida a base de carne, queso o legumbres (¡ay, unas patatitas fritas con su kétchup!). Aun así, me apetece seguir una dieta semiproteica a partir de ahora, pero no con el rigor de las dos últimas semanas. Ah, y probablemente también debería moverme un poco. Todo a su tiempo.

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Este artículo se publicó originalmente en Vogue.co.uk



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