Si has nacido en el sur, es difícil que no se te escapen unas palmas al compás cuando escuchas según qué música o que no sepas cómo se cogen unas castañuelas. No es un cliché, es una realidad: el flamenco y todas sus ramificaciones empapan buena parte de la cultura popular andaluza de las maneras más sutiles, y también de otras que no lo son en absoluto y que avanzan sin pedir permiso. Lolo González (Sevilla, 1983), fundador del estudio de dirección creativa A Flamenco Catharsis, lo sabe bien. “Soy andaluz y allí el flamenco está en el ambiente, por lo que, más temprano que tarde, acabas encontrándote con él. Cuando era muy pequeño, mi padre manejaba un maletín repleto de casetes de flamenco, rumbas y sevillanas, y supongo que ahí comenzó algo. Ya en el colegio, algunos amigos empezaron a aprender a tocar la guitarra, cantar o formar algún grupo, y mi interés fue creciendo. Pero si tengo que señalar un momento concreto fue cuando escuché Aires choqueros, de Paco de Lucía. Yo ya conocía Entre dos aguas (primer corte del disco Fuente y caudal, de 1973), pero sin saber mucho intuía que ese era un tema algo dulcificado, y que tenía que haber algo más. Un día dejé correr el casete para que sonara el segundo palo del álbum… y vaya que si lo había. Recuerdo que me impresionó cómo entra la guitarra de repente, y cómo te atrapa ese sonido casi hipnótico, de percusión como de palmas sordas o de nudillos en mostrador. Ese fandango de Huelva fue el que me agarró para siempre”, reconoce.
Aquella fue la semilla que vendría a florecer tiempo después, aunque por entonces no había ningún presagio. Tras estudiar Publicidad en su ciudad natal se marchó a Buenos Aires y de ahí pasó por Barcelona y Madrid donde trabajó en distintas agencias, pero algo no terminaba de encajar. “Empecé a sentir que aquello no me representaba del todo y comencé a buscar mi propio camino”, recuerda. Entonces, ya sí, aquel germen salió. “Comenzar A Flamenco Catharsis tuvo que ver con mi deseo de llevar a cabo proyectos que unieran aquello que me apasiona –el arte flamenco y sus alrededores– con aquello que se me da bien: la comunicación y la estrategia creativa”, revela. Así nació un proyecto que opera por igual como estudio creativo y como revista dedicada por entero a la niña de sus ojos. La idea era “encontrar –o más bien crear– un discurso, una voz singular, conceptual y estética sobre el flamenco, inédita hasta ese momento, que muchos otros después encontraron interesante e inspiradora”.
La cabecera, que lleva ya tres números editados, vino cuando había una comunidad lo suficientemente sólida para sostener el proyecto. “Comencé explorando mi universo en Tumblr, y cuando Instagram se convirtió en el epicentro de la comunidad creativa, di el salto. Desde entonces, uso esta red social para practicar la curación y cultivar una voz propia: me sirve para pensar en nuevas posibilidades conceptuales y visuales del flamenco, haciéndolo dialogar con disciplinas que no conectan tan obviamente con él, para que la experiencia estética sea más extensa, convirtiendo en flamenco cosas que antes no lo eran”, explica. Su insólito proceder –crear primero un área de interés en los potenciales lectores y luego lanzar la revista– fue un éxito. Aunque hubo otro hito que también le dio un empujón decisivo: en 2018, Stella McCartney puso en manos de A Flamenco Catharsis su campaña de primavera-verano, un proyecto –compuesto por un fashion film de Manson y fotos de Adrián Catalán– que circuló como la pólvora. Aquel sería el primer encargo oficial del sello como estudio creativo. Nada mal para arrancar. “Debutar con una marca de lujo de alcance global le dio gran visibilidad al proyecto. Fue reconfortante comprobar que Stella McCartney –que trabajaba a la carta con los mejores creativos del mundo y se relacionaba con el arte al más alto nivel– estuviera convencida de que el flamenco podía formar parte de su universo”, rememora el fundador. Un buen ejemplo de que el olfato de González para elaborar una narrativa a medio camino entre la pureza y una visión absolutamente contemporánea de este arte es bastante afilado y despierta interés incluso en ámbitos bastante alejados de esta disciplina.
Una visión que se aleja por completo de los manidos estereotipos que suelen usarse para contar el flamenco, que en ocasiones incluso lo trivializan, pero en los que González no ve peligro alguno. “No creo que el flamenco se deje banalizar. Sería osado pensar que uno tiene tanto poder. Es como cuando se dice: ‘se están cargando el flamenco’. Ya en 1881, Demófilo –padre de los hermanos Machado y folclorista– se quejaba de ello, y aquí sigue, vivito y coleando. El flamenco es tan grande, rico, valioso y granítico que no sufriría ni un desperfecto, por muchos ataques o intentos de banalización que reciba. Y ojo: está muy bien que se pruebe, se experimente y se haga con él lo que se quiera –por otro lado, siempre ha sido así–, porque es de todos. Pero el flamenco como arte –no como industria– es tan inteligente que solo admite y absorbe mejoras”, argumenta categórico. Los planes a corto plazo para A Flamenco Catharsis pasan por explorar otras posibilidades y lenguajes. En esa estela de apostar por formatos distintos, además de haber orquestado la dirección artística de este número especial de Vogue España, el estudio organizó el pasado mes de octubre en la galería Paradis de París una exposición sobre la Feria de Sevilla, Periferia, en colaboración con el fotógrafo y director francés Julien Soulier. Pero también hay tiempo y espacio para otro tipo de iniciativas como Inner Voices, un proyecto sobre flamenco y salud mental desarrollado junto a la productora Blur; o El Cuarto Artista, un estudio fotográfico documental en curso sobre quien ha desempeñado un papel crucial en la historia de este arte desde sus orígenes: el público.
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