23/05/2026

Luz Arcas: “‘El lago de los cisnes’ lleva 200 años bailándose, algo tendrá, ¿no? Parece que la danza lleva toda la vida agonizando, pero simplemente es que no es un arte masivo y está bien que no lo sea»

La pieza que prepara estos días para su debut en primavera tiene que ver, precisamente, con ese sentimiento de colectividad, pero planteado desde un punto de vista casi filosófico: uno que observa la turba como un artefacto en el que la identidad y la responsabilidad se diluyen, una cuestión que no puede estar más conectada con el mundo de nuestros días. “La idea me vino hace 15 años cuando leí Masa y poder, el ensayo de Elias Canetti, que se me quedó muy grabado. Me interesó mucho ese concepto de que la masa es una especie de energía transformadora de la historia que está esperando un contexto en el que renacer: la masa de los totalitarismos, la festiva, la devocional, la que lapida, la que se manifiesta, la que genera una revolución… En cierto sentido, son la misma y son distintas, pero lo que subyace es su fuerza cambiando el curso de la historia. Me interesaba mucho esa potencia capaz de todo que para mí no es amoral, no es ni positiva ni negativa, y depende absolutamente del contexto. Y a la vez es una fuerza que los poderosos siempre han querido tener a su favor porque saben que es imparable y manipulable. En mi trabajo trato de no posicionarme, sino de hacer un ejercicio de observación artística intentando desapegarme de mi opinión del asunto. La obra no es una idealización del cuerpo colectivo ni nada por el estilo, para mí tiene que ver con algo mucho más místico, más arquetípico y más oscuro”, explica.

Pero a pesar de que las piezas de danza en ocasiones narren el tiempo contemporáneo y traten temas que nos afectan a todos, lo cierto es que continúa siendo un arte minoritario y no siempre comprendido… aunque no haya nada que comprender. “Cuando dicen que no han entendido la obra siempre pienso: ¿Alguien se pregunta de qué va una sinfonía de Beethoven? No, ¿verdad?”, reflexiona la coreógrafa. “Para mí las obras de danza se reciben con el cuerpo. A veces pasa que esa sensibilidad está como muerta y creo que es una cuestión cultural porque en otros países está despierta. Pero, por otra parte, por el momento en el que estamos ahora, con toda la locura de lo digital y de la inteligencia artificial, siento que todos necesitamos ser más cuerpo que nunca. Estamos en un momento muy bueno para todas las artes vivas”, arguye (a pesar de lo que opinen todos los chalamets del mundo). Y remata: “Hay una obsesión con el éxito y con el triunfo sin matices pero, a la vez, El lago de los cisnes lleva 200 años bailándose, algo tendrá, ¿no? Parece que la danza lleva toda la vida agonizando, pero simplemente es que no es un arte masivo y está bien que no lo sea. Quien quiera hacer algo masivo que se dedique al pop o a la política internacional. Esto es otra cosa y a mí me parece bonito que sea así”. No obstante, Arcas sí que ha experimentado una cuota nada desdeñable de éxito en lo suyo: en 2024 recibió el Premio Nacional de Danza en la modalidad de creación, un reconocimiento que le llegó después de años entregada a la causa, con importantes obras en su haber como Somos la guerra –con la que, además, fue finalista en los Premios Max en varias categorías en 2022–, o Kaspar Hauser. El huérfano de Europa, que le granjeó la distinción de Mejor intérprete de danza en 2017 en esos mismos galardones. “Estoy muy agradecida con el premio [Nacional de Danza], creo que es fundamental que haya reconocimientos, siempre serán pocos para todas las artes y, muy en concreto, para la danza porque es un arte muy, muy, muy precario. Entonces, todo el apoyo es superbienvenido. Pero la profesión es durísima y fugaz, así que mi relación con ella no se juega en ese tablero. La realidad es que hay un nivel de trabajo y de vocación inimaginables. La gente que se dedica a ello es extremadamente trabajadora hasta llegar a la autoexplotación, no en un sentido capitalista, sino que es una pasión que te consume y que te lleva a un montón de renuncias. Es un mundo muy pequeño, hay mucha gente joven que viene y que tiene que tener su espacio y el espacio es muy reducido. Es un círculo complejo”, reconoce.

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