En el fondo, pocas elecciones podrían tener más lógica que la repostería para hablar de la seriedad a partir de algo que no se toma nada en serio, como define al propio camp. Para el escenógrafo, la lectura del espacio tiene dos planos diferenciados: “Uno es cuando lo desarrollaba como una especie de arquitectura, como un signo cultural que responde a la cultura del matrimonio oficializado, y lo que es traicionar ese matrimonio”. A partir de ahí, explica, se empiezan a sumar capas que aportan la idea de un pastel social en diferentes alturas, apelando a las clases y el abuso de poder de unas sobre otras. “Se produce como una presentación en la que la pátina de la nata perfectamente puesta esconde como un laberinto oculto de relaciones muy complejas y extremas”, apunta Glaenzel. “Nos está hablando todo el tiempo de que lo que es no es lo que ves. Puedes tener una cobertura de azúcar maravillosa, pero al abrirla, está podrida por dentro”, matiza Marta Pazos. “Esto habla de la perversión de las capas sociales. Los personajes están en un enredo dominado por el rango de las élites. La forma de traerlo es así: el público se ríe, sí, pero también es transportado a algo que está sucediendo hoy. Estamos viviendo en la era de todo lo plástico y fascinante desde el punto de vista estético, pero luego corres la cortina y es un nido de gusanos”, justifica.
El vestuario suele armonizar con el escenario. Sin embargo, en esta ocasión es un elemento excesivo que convierte lo estético en algo político: “Me parecía importante que que la ropa reforzara esa idea de pastel social”, apunta Agustín Petronio, responsable de vestir esta adaptación. “Por este motivo se incorpora la idea de los ingredientes que ocupan diferentes roles. Además de servir de metáforas visuales, resuelven la psicología de los personajes”, expone para Vogue España. Las bodas de Fígaro se convierte así en una receta donde la química culinaria habla tanto de los protagonistas como de las relaciones entre ellos: Fígaro es como la harina, esencial en cualquier pastel, pero también como la levadura, hace crecer todo lo que toca. El conde es una tableta de chocolate con mayor porcentaje de cacao (y por ende, más amargo) según va avanzando la historia. La condesa es sofisticada como la vainilla, dulce, pero con un punto de amargor en su interior, como los bombones Mon chéri. “Lo que más me interesaba con esta propuesta de los ingredientes era poder tensionar y humorizar el buen gusto, lo sofisticado con lo popular”, comenta Petronio al respecto. “Hay migajas de pan de una subtrama que va apuntalando y apoyando lo que realmente quiere decir la ópera. Lo va acompañando, y aportando una historia en paralelo a través de estos matices de los alimentos”. Pazos subraya esa vinculación con lo popular: “Los protagonistas son los criados, no la gente de clase alta. Este dato es muy importante en esta obra, por eso la representación a través de los ingredientes nos está llevando a un ámbito muy doméstico. Se cuenta a través de algo real con lo que el espectador pueda conectar, y esa es una idea super rupturista”, señala.

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