09/08/2026

‘Nunca sale gratis’: el absorbente relato de María Bastarós que tienes que leer antes del eclipse total de sol del 12 de agosto

Veremos el eclipse con los vecinos. Según las noticias, será el último eclipse de sol de la década. La luna lo ocultará por completo: aunque es cuatrocientas veces más pequeña que el sol, la distancia que los separa los hace iguales a nuestros ojos, y la primera puede tapar totalmente al segundo. Solo en apariencia, claro. En las noticias no paran de hablar del tema. De cómo de lejos está lo que parece cercano, y al revés, y de cómo unas cosas ocultan a las otras. También han manda­do a reporteros a grabar los preparativos previos al eclipse en algunas comunidades tribales, a asombrarnos con sus vo­tos y sus ofrendas para ese día en particular. En un lugar de Australia, las mujeres elaboran largos collares vegetales con las hojas del árbol más frondoso y los pastores condenan al cuchillo a su cordero mejor criado. A cambio de un sacrificio decente, el mundo no se vuelve loco: la luna y el sol se alejan de nuevo y se sitúan cada uno en su puesto. La normalidad nunca sale gratis. Así lo ha resumido la presentadora del telediario antes de pasar a la siguiente noticia. A mí también me gustaría realizar mi propio sacrificio, pero es difícil elegir a qué debería una prenderle fuego. No sé si ha de ser solo una cosa o si pueden ser varias, si acaso puede ser prácticamente todo. Desconoz­co si el exceso es una virtud o un vicio en lo que se refiere a la renuncia.

La verdad es que nunca me han interesado los eclipses, pero estoy nerviosa. Apenas he dormido unas ho­ras. Siento mi anatomía alerta, llena de electricidad, como si mi cuerpo tuviera su propia noción de lo extraordinario. Me pregunto si mi marido también lo nota, si esa intuición al­canza el lugar sombrío que habita ahora. Me siento tentada de preguntárselo, pero resultaría fuera de lugar. Últimamente solo cruzamos comentarios intrascendentes, frases cuyo úni­co objetivo es comprobar que el otro sigue vivo. Preguntar quieres más mostaza es nuestro equivalente a zarandearnos los hombros o tomarnos el pulso.

Somos un grupo de vecinos muy unido. Nuestra amistad no obedece a una decisión propia: llegamos los primeros a la urbanización, hace ya un año, y fuimos sus únicos habitantes durante casi cuatro meses. Todos vendimos nuestras casas con una fecha demasiado ajustada, sin conceder margen a un posible retraso en las obras, y tuvimos que trasladarnos aquí cuando esto aún no estaba acabado. Entonces los parte­rres de la zona común eran rectángulos de barro, con algún que otro espumarajo de malas hierbas, y la piscina un animal extraño, híbrido como un ornitorrinco o un narval; mitad teselas relucientes, mitad hormigón armado. En los chalés había agua corriente, pero no luz. Durante el día, los obreros nos dejaban conectarnos a sus tomas de electricidad: cargar móviles y ordenadores, planchar una camisa, tostar el pan del desayuno. Desde las seis el sol caía y a las nueve nos quedába­mos a oscuras, los adosados llenos de velas y faroles de gas. Unos campamentos de verano para adultos. A mi marido, harto de comida precocinada y pedidos al chino Happy Shanghái –el único local de comida a domicilio que repartía en una zona aún tan poco poblada–, se le ocurrió hacer una barbacoa.
–Ya que tenemos esto –dijo señalando el terreno delante­ro de la casa–, aprovechémoslo.

Nuestro jardín, como todo lo demás, estaba a medio ha­cer. Los árboles aún no habían sido plantados, pero ya crecía el césped: habíamos elegido un manto japonés, de esos que incluyen hierba pero también florecillas de colores. Brotan aquí y allá y dan al jardín un aspecto más silvestre, más natu­ral. Solo en apariencia, claro. Uno puede deshacerse de ellas cuando quiera: basta con segar la capa superior. Como mo­biliario contábamos con un par de bancos y una larga mesa de forja. También con una decena de esas antorchas largas, de metro y medio, que se clavan en la tierra y una vez encen­didas recortan formas fantasmales, espíritus que se encorren por la hierba y desaparecen trepando por el muro del jardín. Planeábamos situar una pérgola sobre la zona de la mesa, una estructura de hierro por la que ascendería la hiedra. Luego, en el foro Jardinería para principiantes, leímos sobre la naturaleza invasiva de las trepadoras. La hiedra podía crecer rápidamen­te hasta dañar la cúpula de la pérgola, introducirse en cual­quier grieta, agrandarla, hacerla irreparable; podía convertirse en un refugio para insectos y roedores, llenarse de alimañas que corretearían sobre nuestras cabezas. También leímos que en otoño el suelo se llenaría de hojas secas, que las hojas secas se convertirían en un polvo marrón imposible de barrer, que los tallos leñosos se harían demasiado gruesos y asfixiarían la estructura y la combarían, que la planta acabaría suponiendo un auténtico quebradero de cabeza. Así que cambiamos de idea y sustituimos la pérgola por una gran sombrilla de trián­gulos blancos y amarillos. Fue mi marido quien la eligió, y al principio me pareció una buena opción. Luego, poco a poco, empezó a resultarme ostentosa, ordinaria: el tipo de mobi­liario que encajaría en la terraza de un restaurante de comida rápida o de una bolera. Es lo que pasa con las cosas cuando una las mira demasiado. Todo acaba resultando vulgar.

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