30/06/2026

Oliver Laxe o cómo mantenerte fiel a quien eres (y salir airoso de la memeficación)

Este domingo se celebra la ceremonia de los Oscar, cerrándose así una temporada cinematográfica que en España ha contado con un protagonista indiscutible, no tanto por los premios ganados sino por la atención generada. Me refiero, claro, a Oliver Laxe, el curiosísimo director de Sirat. Uso el apelativo «curiosísimo» porque, a su aspecto privilegiado (mide cuarenta metros y luce un rostro envidiable y cabellera de sirena), se suma una tendencia casi compulsiva a expresarse en los términos más intensorros posibles. De sus labios brotan frases que alcanzan cotas de pedantería nunca antes experimentadas en las alfombras rojas, lo cual le ha granjeado burlas que aniquilarían cualquier autoestima. Cualquiera, salvo quizá la suya, pues Laxe no se baja de su carro: pese a haberse convertido en un meme andante, el tío aprovecha cada nueva oportunidad para apuntalar la impresión caricaturesca que ahora tenemos de él.

Veamos: Sirat se estrenó el 6 del junio pasado en nuestro país, aunque ya había sido mostrada un mes antes en el festival de Cannes. La peli lleva, por lo tanto, casi un año en las pantallas, y ha recorrido todas las fases de la crítica y la percepción pública (consenso inicial favorable, cuestionamiento posterior…). Se trata de una propuesta que suscita debate por sí sola, sin siquiera la presencia del controvertido autor. En general, sería deseable que las obras se bastasen a sí mismas, que no requiriesen de explicaciones para consumirse, pero el ámbito cultural existe en perpetua agonía y, para atraer a la masa, los creadores se ven empujados a vender ruidosamente su trabajo. He aquí, pues, el primer problema: la necesidad de promoción. Productores, agentes, publicistas, editores… Toda la industria incita a beneficiarse de cámaras y micrófonos. No atender a los medios equivale a un suicidio comercial. ¿Qué ocurre entonces, cuando uno habla y habla y habla y habla? En el peor de los casos, que la caga. En el mejor, que sus palabras ya no le pertenecen.

Sentencia el refranero que por la boca muere el pez, y Oliver no es el único pez que boquea en este estanque. Rosalía o Timothée Chalamet, por ejemplo, también han tropezado con los peligros de la sobreexposición verbal. Obligada a explayarse sobre el trasfondo intelectual que se le presupone a Lux, la primera se ha enfrentado a preguntas que tocaban cuestiones feministas complejas, ofreciendo en diversas ocasiones respuestas que no han satisfecho a sus fans. Por su parte, Chalamet ha jugado con fuego durante toda la promoción de Marty Supreme y, hace escasos días, terminaba quemándose. En una charla grabada junto a Matthew McConaughey, el actor soltó que la ópera y el ballet no le importan a nadie. ¿Recordáis cuando la gente cuestionaba su vínculo con Kylie, incapaz de entender que un artista de tan profunda sensibilidad saliera con una mera Kardashian? Resulta que solo hacía falta oírle hablar. Y es que la demanda de comunicación coloca en posiciones que no siempre favorecen.

Al riesgo inherente a expresarse en público hay que añadir el que entraña tratar con medios. En el momento en que concedes una entrevista, tornas en peón al servicio de clickbait y algoritmo. Hubo semanas en las que era imposible pasearse por Instagram sin que te asaltara una de las frases mesiánicas de Laxe. Dichas frases fueron —en efecto— pronunciadas, ÉL las pronunció, pero la carga cómica se acentuaba a través del marco: privadas del contexto de la conversación, cortadas y presentadas con el objetivo de propiciar reacciones, las palabras adquirían un tinte particularmente ridículo. Justo por eso existe lo que llamamos media training: profesionales que enseñan trucos para transitar los encuentros con la prensa. Bromas con un punto de autocrítica, elusión de polémicas, reorientación de enfoques, dominio de la tibieza, cierto grado de vulnerabilidad… Técnicas para gustar. Porque, como bien saben en Hollywood, se da la circunstancia de que gustar es, en realidad, bastante fácil.

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