Me encantan las novelas sobre divorcios: un género absorbente que, más allá del morbo, roza lo existencial
En 2023, cuando aún mirábamos al covid de reojo, Belle Burden publicó un ensayo en The New York Times sobre el abrupto final de su matrimonio a causa del confinamiento. Ella no lo había visto venir. No hubo señales previas. No hubo explicaciones. «El 22 de marzo, a las 6 de la mañana, mi marido me dijo que quería el divorcio», escribió. «Hizo la maleta, se subió a su jeep y se embarcó en un ferry. Llevábamos casados casi 21 años».
«No tenía ni idea de que era infeliz», continuó Burden, con el tono claro y directo de quien aún saborea un recuerdo amargo. «No era cariñoso ni atento, pero yo sentía un poso de amor constante. Nunca coqueteaba con otras mujeres delante de mí. No discutíamos. Parecía contento e implicado en nuestra vida juntos. Diseñó una ampliación del garaje y plantó arbustos de arándanos un año antes de marcharse». Como probablemente te imagines, él tenía una aventura. «Se compró un nuevo y elegante apartamento en Manhattan, contrató a un conocido abogado de divorcios y me trató con una falta imperturbable de empatía y afecto».
En enero de 2026, Burden publicará Strangers, unas memorias que profundizarán aún más en los detalles y la carga emocional de su ensayo. Recibí un ejemplar anticipado del libro y lo devoré en tres sentadas. No voy a contar más hasta que salga a la venta, pero algo me perturbó mientras me adentraba en sus páginas: ¿por qué embelesan tantísimo los pormenores del complicado divorcio, aunque relativamente corriente, de una madre de Nueva Inglaterra? ¿Y por qué algo tan enrevesado –porque, la novela, enrevesada es un rato, aunque solo sea por todo el papeleo que conlleva un proceso así– me resulta tan absorbente, tan adictivo y tan absolutamente relevante?
En los últimos años se han publicado varias novelas sobre divorcios de este tipo. Liars, de Sarah Manguso, publicada el año pasado, cuenta la historia de un inquietante matrimonio amor-odio (imagina dos acomodados artistas heterosexuales en guerra abierta hasta el último suspiro). Liars es ficción, claro, pero está escrita en clave autobiográfica, con un crudo tono personal que se asemeja a los furibundos pensamientos que revuelven el cerebro en una noche atribulada. Splinters, de Leslie Jamison, también del año pasado, trata tanto de la maternidad como del intento de reconstruir una vida tras el divorcio. «Teníamos mil cosas, como todo el mundo», escribe Jamison sobre su matrimonio. «Pero, ¿quién las va a ver bonitas ahora?».
Aunque soy una romántica empedernida, seguro que no soy la única que encuentra las novelas sobre divorcios –con sus buenas dosis de bilis, traiciones, todo ese morbo tan sabroso– mucho más cautivadoras que los libros sobre el primer amor. Las primeras son historias de personas que decidieron construir una vida en común, hasta el momento en que deciden activamente cortar por lo sano. Los protagonistas sufren constantes desengaños, cambian de opinión, se convierten en extraños de la noche a la mañana –algo tan normal, casi grosero– y eso es algo que siempre me ha parecido fascinante, incluso aterrador. «El concepto mismo de romper me aterroriza», recuerdo haberle confesado a un terapeuta hace años. «¿Cómo puedes serlo todo para alguien en un momento dado y pasar a ser nada al siguiente?».

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