Aunque durante los próximos meses estará inmersa en una gira por Europa, México y Estados Unidos –en junio, saldrá al mercado su tercer disco de estudio, aún sin fecha de lanzamiento–, Rebeca Díaz Larraín (Madrid, 1997), conocida como Rebe, es una compositora y artista de culto solo apta para paladares exquisitos. Su obsesión porque todo cuadre en lo que abarca su estimulante propuesta artística –desde la composición hasta la puesta en escena, las portadas o la dirección de los videoclips que acompañan a su música– contrasta con su tranquilidad a la hora de enfocar el éxito, entendiéndolo como se entiende hoy en día.
Y eso se intuye en su trabajo, pero también en sus palabras. “Me siento bendecida de vivir al margen o al menos de no enterarme demasiado de lo que pasa ahí afuera”, reconoce la artista madrileña, que reside en València desde hace cuatro años, una ciudad que acabará dejando en algún momento. “A mí me interesa la gente y estar rodeada de estímulos, pero cuando voy a Madrid o a Barcelona, y veo a todo el mundo luchando muchísimo para sacar adelante su proyecto, me crea mucho conflicto. Aquí en València nadie se gana la vida con ello. Y aunque malvivimos, estamos más tranquilos, porque la ambición es menor”, comparte aliviada.
Con todo, Rebe reconoce que invierte “muchísimas horas” en una propuesta que se podría definir como pop de los setenta español con una producción vanguardista y electrónica. Para conseguir un sonido así de depurado cuenta con la atenta visión de Otro, el músico y productor con el que vive, que además es su pareja. “Mi creatividad y la de Aaron [Morris, nombre real de Otro] se entremezclan. Normalmente, yo hago una base, la produzco, y luego él entra en escena –le llamo ‘el sesionista’–”, bromea. “Se pone a probar cosas con piano y acabamos de desarrollar el tema juntos”. Y aunque Rebe insiste en que no sabe tocar ningún instrumento, en su casa hay teclados y artefactos sonoros para connoisseurs, como una sierra musical firmada por Stradivarius. “Te la pones entre las piernas y suena parecido a un theremin o a una steel guitar”, explica por videollamada. Porque su motor para la creación siempre ha sido la curiosidad.
Formada en Bellas Artes, empezó produciendo sus canciones con programas tan amateurs como el Cubase. “Al principio usaba samples de canciones de bandas sonoras o la canción de La abeja maya. Luego me compré unos tecladitos, como unos Casios de estos antiguos que tienen unos autoacompañamientos que le das a los acordes y te hacen un estilo. Y en cuanto los grababa, los destrozaba un poco y les añadía más sonidos por encima usando, por ejemplo, un xilófono”, detalla la compositora, que ahora utiliza Logic Pro, una herramienta más profesional, aunque siga sin abandonar su gusto por la baja resolución. “Uso programas muy raros que encontré por ahí, con interfaces que parecen programas primerizos de internet. Te permiten jugar con acordes y secuencias y son superinteresantes. Normalmente, se usan para cantar en los karaokes de las bodas o en eventos de ese tipo”, explicita.

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