Supe que aquel chico que conocí en una boda se iba a convertir en una de esas historias imposibles de olvidar en el momento exacto en el que, en mitad de un beso, se apartó un segundo para encender un palo santo. “Es para equilibrar un poco la energía”, me explicó con toda la naturalidad del mundo mientras me sujetaba una mano y, con la otra, hacía círculos a nuestro alrededor con el humo, los ojos cerrados y expresión de absoluta concentración. Yo asentí y cerré los míos también, preguntándome qué tipo de energía me había hecho acabar en esa situación —y cuánto tardaría toda aquella ceremonia improvisada en trasladarse al asiento de atrás del coche—. Por suerte, no demasiado. En cuestión de minutos retomamos lo importante: él, yo y el intenso aroma a madera sagrada flotando alrededor.
Ser la soltera en las bodas viene con un guion social bastante claro, uno que puede arrastrarte fácilmente a ese estado mental en el que todo parece recordarte que eres la única persona que no ha conseguido pareja todavía. Gente a la que no ves desde hace años te pregunta, con esa falsa inocencia tan característica, qué tal va tu vida sentimental, mientras que los más torpes directamente sueltan aquello de “¿pero sigues soltera?”. Y entonces empieza el monólogo interno: “Pobrecita yo, sentada en la mesa de los solteros. ¿Qué necesidad tiene la gente felizmente emparejada de intentar presentarme al único hombre soltero que hay aquí? Recordadme otra vez cuántos matrimonios acaban en divorcio, ¿uno de cada tres”? Y así sucesivamente.
A ver, lo entiendo. Hay pocos lugares donde el estado sentimental de una mujer soltera se convierta en algo tan definitorio como en una boda. Muchas veces condiciona dónde te sientas, con quién acabas pasando la noche y hasta las conversaciones que tienes con personas que no conoces de nada. Durante un tiempo me dejé llevar por ese cinismo tan fácil: me quejaba de lo carísimas que son las bodas cuando no tienes pareja, reflexionaba sobre lo extraño que resulta que casarse siga siendo prácticamente el único gran hito adulto que merece una celebración por todo lo alto y acababa agotada de que intentaran emparejarme con el —normalmente único— hombre soltero de mi edad que había en la boda, como si varias mujeres estuviéramos compitiendo silenciosamente por él.
Hasta que un día me di cuenta de que todo aquel ruido me estaba arruinando la experiencia. Y, de paso, siendo un poco injusta con las parejas que simplemente estaban celebrando algo bonito. Porque resulta que ir soltera a una boda puede ser divertidísimo. Yo lo descubrí después de encadenar seis bodas seguidas un mismo verano. Para empezar, porque aparecen personajes absolutamente memorables —véase el Sr. Palo Santo— que luego se convierten en material premium para el grupo de amigas. Pero también porque las bodas crean una especie de universo paralelo temporal donde todo parece predispuesto para que pasen cosas: la diversión, el romance y hasta cierto nivel de delirio emocional parecen prácticamente inevitables.
A lo largo de los años he tenido varios “novios de boda”. Relaciones fugaces, aceleradas por el contexto y por esa fantasía compartida que aparece cuando pasas doce horas seguidas entre champán, discursos emotivos y canciones que invitan demasiado a idealizar la vida. Lo que empieza siendo una conversación trivial entre entrantes termina convirtiéndose, antes del postre, en una charla sobre traumas familiares y planes de futuro. A veces acabas escapándote entre discurso y discurso para besarte detrás de un árbol y, cuando llega la barra libre, ya te has imaginado una boda propia con alguien con quien probablemente nunca quedarías en circunstancias normales. Puede sonar superficial, pero muchas de esas conexiones siguen teniendo algo especial aunque no lleguen a ninguna parte después. Y, sinceramente, casi nunca llegan.
Todavía me acuerdo de un chico altísimo y desempleado (de la generación Z, claramente) que me dejó su americana cuando empecé a tener frío al final de la noche y terminó dándome patatas fritas en mi Airbnb hasta las cinco de la mañana, cuando llegamos tambaleándonos hasta el dormitorio. O del músico nómada con el que me pasé horas hablando de nuestras bandas favoritas mientras nos arrugábamos dentro del jacuzzi del hotel absurdamente lujoso en el que se alojaba. Y también del brasileño increíblemente guapo que se reía con muchísima ternura mientras yo intentaba comunicarme con él en un español bastante cuestionable y cargado de vino.

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