«Tiene que resutar una experiencia agradable para el vecindario, dar la sensación de que la tienda es de aquí», dice Ashley. Igualmente, quieren asegurarse de que cualquiera que pase por allí –sea o no fan de su ropa– se sienta atendido y cuidado. «Queremos que venir sea único y especial», añade. «Su experiencia es tan importante para nosotras como todo lo demás que hacemos».
La ubicación, a su manera, representa a la perfección cómo las hermanas Olsen han dirigido The Row hasta ahora: con habilidad y atención al detalle. También ayuda a explicar por qué la marca ha atraído recientemente una polémica inyección de capital de mil millones de dólares, lo que subraya el extraordinario poder e influencia de su marca, un negocio que se está tomando muy en serio: Mary-Kate y Ashley logran estar el centro del meollo, ya sea en París o en el mundo de la moda en general, y al mismo tiempo han sabido abrirse un hueco donde sentirse cómodas en sus propios términos, a base de discreción y personalidad.
Lo que nos sorprendió de inmediato al empezar la visita fue que el lugar resultaba cómodo y casi informal –todo lo informal que puede ser un lugar decorado con exquisitos muebles, alfombras y objetos de principios y mediados del siglo XX, casi museísticos–. Se respira un ambiente íntimo y profundamente personal que transmite refinamiento sin excesiva altivez.
Les pregunto si es importante que su nueva tienda, que abrirá sus puertas el 24 de septiembre, conecte claramente con el resto (ya están presentes en Los Ángeles, los Hamptons, Nueva York y Londres). «¿Te parece una tienda The Row?», pregunta Mary-Kate, riendo. “Porque acabamos de llegar”. Y sí, desde el punto de vista estético y sensorial, lo parece. La última vez que escribí sobre la apertura de una nueva tienda de The Row (la de Nueva York, que abrió hace unos nueve años), dije que quería quemar todo lo mío y mudarme allí. La sensación ahora es la misma, salvo que, además del incendio provocado, tendría que hacer un curso intensivo de francés (un precio a pagar muy pequeño, la verdad).
Para llegar a abrir la tienda de París, han necesitado muchos meses de diligente trabajo: un minucioso proceso de desmontaje y derribo, en el que las hermanas pasaban cada tres semanas aproximadamente para comprobar cómo iban las cosas, con algunas sorpresas por el camino tanto para ellas como para su equipo interno de asesores de interiorismo. Esta es la primera tienda que diseñan de este modo, ya que las Olsen habían recurrido anteriormente al legendario decorador de interiores Jacques Grange para hacer realidad su visión. “La mejor forma de describir el proceso es que hemos ido pasito a pasito, dando con un montón de gente que se mostró encantada de probar a trabajar con nosotras”, cuenta Ashley.

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